(Por Dolores Pruneda Paz). Con una paloma que declama un soliloquio de aspiración geopolítica generado por inteligencia artificial y un libro gigante de cinco kilos que reproduce una novela gráfica experimental y colectiva, Mónica Heller, responsable del envío argentino a la 59 Bienal de Venecia, suma surrealismo a una edición de por sí surreal que, titulada "La leche de los sueños" en pos de narrar las posibilidades de transformación de lo humano, este año estará atravesada por realidades distópicas como guerra y pandemia.

"Mi obra en general no se hace cargo de lo urgente en términos políticos o filosóficos, ni busca comunicar certezas o soluciones. Pero sin duda es una obra del presente, no solo porque trabajo la tecnología de animación 3D -una visualidad absolutamente mainstream vinculada al consumo de masas, a Hollywood y a los videojuegos-, sino porque de a momentos refleja un subconsciente artificial y maquínico, producto de la inteligencia artificial", dice Heller a Télam, aún en Venecia tras la inauguración "La importancia del origen será importada por el origen de la sustancia" en el Pabellón Nacional.

Estructurada sobre una consigna que homenajea a la artista surrealista Leonora Carrington, la 59 Bienal de Arte que el sábado se inaugurará en Venecia promete ser histórica o al menos liminal, atravesada desde su organización por decisiones inhabituales y sucesos fuera de proyección.

Llega de la mano de 210 artistas de 58 países; por primera vez con mayoría femenina en su representación y curada por Cecilia Alemani, tan solo la tercera mujer que organiza este evento internacional, meca del arte contemporáneo, en toda su larga historia. Y lo hace tras un año de suspensión por pandemia, algo sólo ocurrido entre guerras; con la invasión de Rusia a Ucrania como hecho concreto de su programación: los artistas ucranianos desistieron de presentar las obras programadas para hacer intervenciones vinculadas a esa guerra.

Este es el contexto en el que Heller (1975), desde Buenos Aires, preparó en marquetas 3D la videoinstalación inmersiva curada por Alejo Ponce de León (1987), una sucesión de situaciones y personajes animados que toman forma en la oscuridad controvirtiendo tópicos como el hibridaje, convocando en su hechura a artistas publicados por sellos independientes como Iván Rosado y a escritores como Pablo Katchadjián -recordado por el "Borges engordado" que despreció Kodama con una pugna judicial perdida- y Bárbara Wapnarsky, publicada por Blatt y Ríos.

-Télam: ¿Cómo fue encontrarse con el espacio del Pabellón?

-Mónica Heller: Como era esperable, tuvimos que hacer ajustes en la distribución de las pantallas y el recorrido. El Pabellón argentino tiene la arquitectura típica de los arsenales que construían embarcaciones para recorrer el Adriático y el Mediterráneo -extenso, de techos altos, surcado por dos hileras de columnas-, es bien particular, y como el sonido es parte importante de la instalación, el diseño sonoro tuvo que hacerse in situ con Joaquín Gutiérrez Hadid y con aportes de Lola Granillo desde Buenos Aires.

-T: ¿En qué dirección evolucionó el proyecto desde que lo empezaron a pensar?

-M.H: El propio desarrollo de la obra trajo nuevos personajes y propuestas que fueron enriqueciéndolo, como la paloma que recita un soliloquio absurdo con tintes de crítica geopolítica, a partir de un guión que fue generado un sistema de inteligencia artificial (IA), de uso libre y gratuito, de los tantos que existen en Internet.

-T: Ese personaje, la paloma, ahora es nuclear en la intervención.

-M.H: Estaba contemplado en el anteproyecto como uno más pero su realización fue evolucionando en paralelo a la muestra y terminó adquiriendo un lugar central en la narrativa general y en el espacio: estas plataformas de IA trabajan a partir de inputs de usuarios que el algoritmo continúa, generando nuevos textos, informaciones e interpretaciones, y esa operación dio como resultado el monólogo de la paloma, que a su vez terminó definiendo elementos visuales del video, el paisaje urbano en el que acontece la acción, etcétera.

-T: Otra pieza importante en la instalación es el libro de cinco kilos.

-M:H: Es una obra colectiva que no estaba definida de antemano, una especie de novela visual experimental realizada por el colectivo de artistas Geometría Pueblo Nuevo en colaboración con Katchadjian y Wapnarsky para los textos. Es parte del catálogo de la muestra.

-T: En la muestra trabajaron sobre problemáticas contemporáneas ¿cuáles se impusieron?

-M.H: La escritura en conjunto con la producción visual. Nos interesaba forzar ese cruce transmediático, un tránsito entre soportes y lenguajes que termina generando una cohesión. Hay un universo compartido y expandido que se va armando entre la literatura, las pantallas e incluso gracias a los dibujos de otras y otros artistas.

-T: También hay cruces entre realidad y ficción.

-M.H: Yo misma soy un personaje en el libro "Sed de éxito", aparezco ilustrada tomando partido en el desarrollo del relato, como trabajadora de una escribanía. También aparecen personajes no-humanos en la muestra. En los videos hay mucha presencia animal y vegetal. De todos modos, nada de esto se explicita discursivamente en mi trabajo; quien quiera intentar delinear alguna problemática puntual quizá pueda hacerlo recorriendo el espacio, creo que las imágenes y los sentidos se cruzan de una manera más aleatoria, como pasa en los sueños, que también son un reflejo distorsionado del presente.

-T: Llama la atención el título del libro, "Sed de éxito".

-M.H: Creo que es un poco un guiño a esa expectativa desmedida que se genera en Argentina con relación a la Bienal como espacio de consagración y éxito asegurado, esa fantasía medio frívola que hay. Igualmente no podría asegurarlo. En el mundo ficcional de la muestra y la novela, Sed de Éxito es también el nombre de un bar donde conviven, por turnos, oficinistas y obreros. A la mañana van los oficinistas y a la noche se llena de obreros. A la noche funciona una lavandería donde los obreros lavan su ropa y realizan asambleas y concursos de modelado escultórico con carne picada. Una narración muy barroca y excesiva.

-T: ¿De donde sale el estilo de estas piezas?

-M.H: El estilo de la novela -si es que podemos hablar de estilo- es el resultado de un dibujo coral, hecho por muchas manos. Es el estilo Geometría Pueblo Nuevo, quebrado por la dinámica, que fluctúa sin parar, va y viene. Hay algo medio brutal o crudo en el dibujo y también momentos más contenidos, algunas acuarelas, trazos más claros, hay de todo, alejado de la estética contemporánea, lo industrial y lo naif. Lo lindo es como las individualidades y los estilos personales están plagados de saltos e irrupciones, mímesis y contaminaciones en las maneras de representar. Un artista empieza a dibujar como otro y viceversa, y los errores de uno se convierten en el estilo de la otra y así. Es una polifonía colectiva muy variable y cambiante. Por otra parte, la influencia del cómic y del humor se filtra e impregna todo, hasta los dibujos animados de mi trabajo en video. (Télam)