(Por Josefina Marcuzzi) Cuando tenía 20 años, Florencia Luce ingresó a un monasterio contemplativo en clausura y pasó 12 años “al servicio de Dios”, pero cuando esa vocación entró en crisis dejó el monasterio y decidió procesar esa experiencia en “El canto de las horas”, una novela que narra con detalle y profundidad la vida de quienes eligen vivir por y para la fe.

En la rutina dentro de un monasterio, donde las personas eligen como objetivo de vida “servir a Dios”, las monjas rezan y se comprometen a ser fieles a ese “llamado”. Pero también realizan actividades de rutina: cocinan, cantan en un coro, limpian los baños. Cuchichean, critican, se arman grupos. Se pelean con sus superioras, las abadesas. Entran en crisis, y retoman el camino de Dios. O lo abandonan.

En esta novela de casi 300 páginas, el personaje principal es Marie. En la vida real, quien le da vida a Marie es Florencia. Es bastante sencillo adivinar cuánto hay de Florencia en Marie, aunque la autora prefiere aclarar siempre que esta es una novela de autoficción y no una autobiografía.

Dice que no se arrepiente de haber entrado al monasterio y de haberle dado espacio a la vocación, a pesar de que su familia no estuviera de acuerdo. Pero sí se arrepiente de no haber salido antes. Entre sus 20 y sus 32 años, Luce entregó un camino de juventud y libertad a cambio de una vocación religiosa que ella define como “un llamado”.

Hoy la autora vive en Morristown, Nueva Jersey, Estados Unidos. Está casada con un piloto de avión y viene seguido a Buenos Aires; juntos tienen una hija de 23 años. “El canto de las horas” (Libros del Zorzal) es su primera novela y está inspirada en esta experiencia que la marcó de por vida.

- Télam: ¿Cómo recordás el inicio de tu vocación religiosa, como registrás ese proceso dentro del monasterio y el momento de la salida?

- Florencia Luce: En la vocación religiosa hay, en general, un denominador común que es ese sentimiento de que hay "un llamado". Un llamado externo. Puede ser de Dios, de algún signo que te manda Dios. En los más jóvenes empieza como una búsqueda de algo muy ideal, ese espíritu idealista y soñador del adolescente, que quiere algo en su vida. Eso es un denominador común en las vocaciones, no hay duda. Y después te topás con gente que te va llevando para un lado o para el otro. En mi caso se dio que me movía en un ambiente en el que me tiraron hacia la vida en clausura, pero bien podría haberme ido hacia los misioneros, u otro tipo de vocación. La vida contemplativa es extremadamente dura y cerrada, totalmente fuera del mundo en relación a otras vocaciones. Ese idealismo a veces se choca con la vida real en los monasterios, porque te topás con una humanidad que no creíste que había, una humanidad en el sentido de los defectos, las complejidades de las personas.

Tengo contacto hoy con otras personas que también se fueron de los monasterios y lo que hay es una desilusión enorme. El idealismo choca con una realidad que no es la que soñaste o la que creíste que te ibas a topar. A lo largo de la vida monástica, en muchos casos, hay golpes muy duros, en los que te vas desilusionando. En mi caso eso significó terminar saliendo, en muchos otros casos se quedan por una cuestión de sentimiento de obligación. Porque hacés una promesa a la iglesia.

- T.: ¿Y la salida se siente como una traición? ¿Tomar la decisión implica poner el cuerpo, arrastrar culpa?

- FL: Sí. Porque uno prometió para toda la vida, es un sentido de honor, de obligación, de fidelidad a la Iglesia. Y otro lado está, también, el sentimiento de haber fracasado. Y también la duda, que pesa fuertísimo en la gran mayoría. En una vocación es la relación con Dios y se juega la fe, y por supuesto no hay nadie que te defina nada. Es entrar en crisis con una misma. Yo hablo desde mi experiencia y también desde la experiencia de muchas y muchos que salieron, porque incluso conozco varones que salieron de monasterios contemplativos. No hablo tanto de las que se quedaron. Quiero creer que esas tienen una convicción enorme, y que le encuentran el sentido.

- T.: En el libro hay una construcción política del monasterio: las negociaciones, los pactos, las traiciones. Un entramado que uno no puede imaginar de esa vida, una sociedad dentro de un monasterio. ¿Hay una intención como autora de condensar ese mundo para develarlo?

- F.L.: Al haber salido y dialogado con mucha gente, fui teniendo muchas preguntas, mucha curiosidad. Es una vida que de algún modo se mantiene un poco… no quiero decir secreta, pero sí privada. No es algo conocido. Se cuentan las cosas más superficiales de horarios, actividades... y a mí me parece que es una vida que vale la pena contar. Se da que las monjas son muy silenciosas, entonces es un mundo que no se conoce. Son además, las mismas cosas que pasan en una familia, en una empresa, en cualquier otro grupo humano. Con las relaciones de poder, especialmente. Entonces los detalles de cómo se elige una abadesa, cómo funciona el trabajo, cómo es un día de la rutina. Me pareció que era algo muy interesante para contar.

- T.: Y su vez vos le vas dejando pistas al lector para mostrarle cómo, de manera sutil, se ejercen distintos tipos de manipulación...

- FL: Claro, hay mucho no dicho en la novela. Que cada lector piense lo que quiera, que saque sus propias conclusiones. Yo no quiero pintar ni algo totalmente negativo, ni totalmente maravilloso: es la pintura de una realidad percibida por mí y ficcionalizada. El sentimiento por debajo es el que yo viví, el que yo recuerdo, tamizado por mi memoria, mis experiencias y mis debilidades. Estas relaciones complejas dentro del monasterio a veces son una manipulación que se dan de las que tienen el poder hacia las más débiles, pero también a veces es la percepción de esas otras, que se sienten manipuladas. Por eso es que yo no relato algo que baja línea, si no que presento los hechos.

- T.: La obediencia y la humildad son dos ejes importantes de la novela, dos conceptos que podríamos pensar como “buenos” pero que en la novela están un poco puestos en duda, relativizados...

- FL: Sí, la obediencia y la humildad son como dos patas de una misma cosa. La obediencia es un voto y conlleva la humildad. Es obediencia interior. Obediencia hasta en las mínimas cosas. Cuando yo consideraba que debía estar en el coro y ellas consideraban que yo debía estar en la cocina, bueno, ahí se ponía en juego esto. Yo debía decir: no, yo no soy buena en el coro, debo dejar de lado lo que me interesa. La humildad tiene que ser tal que se espera que uno no sufra con esas cosas y digas que es lo que Dios me pide. Tiene que ser positivo, uno debería abrazar eso por amor a Dios, porque mi vida por fuera ya no vale nada. Pero eso entra en crisis con esto del principio de humanidad, lo que no es puro espíritu. Y ahí empiezan las luchas reales, que se dan todo el tiempo. Yo debería estar contenta con lo que me dicen, pero no lo estoy. Y ahí empieza la lucha. Esta vida es un camino de anulación del deseo. Y por eso se da tanta enfermedad, que empieza siendo un quiebre psicológico y que muchas veces deriva en enfermedad física, en síntomas. Se pone en juego cuan fuerte sos para soportar todo en pos del llamado, se pone a prueba la fe constantemente.

- T.: La soledad y el desamparo son otras de las cuestiones que más se tocan en esta novela. ¿Qué herramientas tienen las monjas para sobrevivir en un ámbito que pareciera tan hostil?

- FL: La primera es la fe. Es el objetivo final o ideal: que la fe te sostenga, que la relación con Dios te baste. Ahora, en cuanto a herramientas más concretas y del día a día, son los apegos fraternos. Hay mucho apego a la figura del superior, se crea esa especie de dependencia muy fuerte, que también es una lucha constante. Y también las salidas a lo prohibido, al mundo exterior, donde hay pequeñas búsquedas de placer como ir a tomar el té a algún lado. Romper (muy poco) las normas para crear pequeños momentos. Y no todas lo pueden hacer, o tienen la licencia para hacerlo. Y ahí es donde yo pienso que se empiezan a dar los problemas más complicados, cuando una está poco contenida o frustrada. Es una lucha fuerte.

- T.: ¿Qué cambios hay en tu relación con la fe después de tu salida del monasterio y qué sensaciones tuviste durante la escritura del libro?

- F. L: Pasé por muchos momentos en los que dije: ¿qué estoy haciendo? Supongo que habrá a quienes no le caiga bien. Fue un proceso que me llevó muchas dudas, pensar y ponerme en el lugar de las monjas. Pensar si sentirán que soy una traicionera. Pero bueno, fue mi vida y mi experiencia, y me parece válido contarlo.

- T. ¿Si tuvieras que elegir de nuevo, pasarías otra vez por esa experiencia?

- FL: No. No me arrepiento de haber entrado, pero me pesa mucho haberme quedado tanto tiempo. Yo tendría que haberme dado cuenta mucho antes. Y pienso que sí me di cuenta, y ahí es donde pongo el dedo acusador: no me ayudaron. Y lo digo con sinceridad. No me ayudaron. (Télam)