Para César González, Okupas, que es furor tras su remasterización en Netflix al construir un retrato social del año 2000 -que además marca el inicio de las ficciones de televisión sobre la desigualdad social- no solo es una "gran serie por su puesta en escena" sino que toma "más contundencia a la luz de lo que han hecho otras producciones a la hora de abordar la marginalidad y que no pudieron rozar siquiera la verdad que tenía Okupas".

"Más allá de la temática social es una gran serie por su puesta en escena, por su verosimilitud, por su arco dramático, por la construcción de sus personajes, por su estética de cinema verité que se permitía ciertas licencias lisérgicas. Y creo que tomó más contundencia a la luz de lo que han hecho otras producciones a la hora de abordar la marginalidad y que no pudieron rozar siquiera la verdad que tenía Okupas", dice el cineasta a propósito del reestreno de la serie a través de la plataforma de streaming.

Tras Okupas, la televisión argentina fue testigo de series como Tumberos, Disputas, Sol Negro o la más reciente, El marginal, entre otras producciones que trabajaron la pobreza, el sistema carcelario, las villas y barrios populares. Sin referirse específicamente a esas producciones, González trabaja en su nuevo libro la forma en la que la industria cultural masiva suele representar a los sectores y geografías populares, con un sesgo estereotipado, inmóvil, ahistórico o romantizado, según su versión.

Al tomar como punto de partida el concepto de fetichización de la marginalidad, el autor se posiciona en las primeras páginas de esta compilación de textos: "Nos incitan a que clavemos nuestro ojos a imágenes donde a través de la fetichización se hace un uso productivo de la misma miseria que produce el capitalismo. La marginalidad es una mercancía, y a mayor fetichización mayores ganancias monetarias y políticas".

El autor identifica también su texto la ambivalencia que generan las expresiones del habla surgidas en los barrios populares y la apropiación que el resto de las clases populares hacen de este argot, en una operación compleja donde se vinculan la fascinación y el rechazo. "Brota la belleza y la poesía allí donde la sociedad huye tapándose los oídos al escuchar lo desconocido" , dice González en torno al surgimiento de neologismos que generan nuevos pliegues en la lengua.

"Si bien hay una huida sobre todo institucional, es decir escuelas y dispositivos gubernamentales donde se trabaja por erradicar todo lo que suene a dialecto por el supuesto bien del idioma, esos dialectos que surgen de las villas y los barrios populares en la cotidianeidad es usado por todas las clases sociales", apunta.

"Se reconoce conscientemente o no que ese argot es una lengua más divertida, dinámica y viva que la lengua oficial. Por lo tanto es un doble movimiento, hay un sentimiento de rechazo y a la vez de fascinación. El lunfardo o todo aquello relacionado a palabras por fuera del aparato institucional históricamente siempre fue una reserva de creatividad, de resistencia, una forma de crear un lenguaje que el sistema no pueda interceptar rápidamente", concluye.

(Télam)