(Por Guillermo Lipis) En su última obra, "Memoria e identidad", el periodista y escritor Ricardo Feierstein construye una ciudad literaria con libros en lugar de edificios, y avenidas y calles donde circulan escritores de origen judío de todas las épocas, “donde todo se resignifica”, aunque advierte que "el problema central es la transmisión y la idea del cambio permanente entre la imagen que devuelve el espejo y las miradas de los otros”.

"Memoria e Identidad. Las avenidas del barrio judío en la ciudad literaria", tal el título completo del texto editado por Hispamérica y Acervo Cultural, plantea el problema de la transmisión de la cultura, la vida y las tradiciones. “Para un pueblo como el judío -estructurado a través de los siglos- el cambio permanente y el presente perpetuo del posmodernismo lo coloca ante un dilema porque requiere de una recreación de sus contenidos originarios para transmitirlos con posibilidad de éxito”, dice Feierstein en diálogo con Télam.

Respecto a las avenidas, o “líneas de fuerza”, que este autor describió en su obra, define que son siete las que atraviesan a esa literatura que primero fue judía en Argentina, pero que, con el tiempo de asentamiento, se reconvirtió a ser producida por autores argentinos de identidad judía, aunque sus calles trascienden el ámbito meramente argento.

La primera avenida es la “Memoria nostálgica: el paraíso perdido. Idealización de la vida judía en Europa, la colonización judía a fines del siglo XIX, las impecables figuras y valores ancestrales que ayudan a soportar el duro presente”. Por ella transitan autores como Moacyr Scliar (Brasil), Sabina Berman (México), Humberto Costantini, Isaías Kremer o Dina Dolinsky.

La segunda arteria es la “Memoria lingüística", construida con retazos y novedades en idiomas de la infancia que se niegan a desaparecer, como el idish. En esta categoría, Feierstein incluyó a Mario Szichman, Carlos Levy, Graciela Tevah, Pedro Szylman o a Etel Chromoy.

La tercera avenida identificada por el autor es la “Memoria existencial", que osciló entre la genealogía judía, el mandato y la cotidianidad en los países americanos de radicación, a través de sucesivas generaciones. Los autores emblemáticos, para Feierstein, son Lázaro Liacho, Samuel Pecar, Bernardo Verbitsky, Daniel Guebel, Susana Gertopan, Mauricio Rosencof, Marco Schwartz y Marcelo Birmajer.

La cuarta es la “Memoria mestizada, que marca la integración e hibridez al ser la primera generación americana de autores”. Se incluyó en este grupo, y además mencionó a Isaac Goldemberg, Germán Rozenmacher, Enrique Amster y José Pablo Feinmann.

La quinta es la “Memoria plural, un collage que convoca muy diversas voces y experiencias judías latinoamericanas con idea de totalidad”. Los referentes son obras de Isaac Goldemberg y Alejandro Jodorowsky, en tanto que la sexta avenida es la “Memoria Posmoderna, un presente perpetuo elevado a categoría única de comprensión de la historia”, que ejemplificó en autores argentinos como Damián Tabarovsky y Martín Kohan.

Y, por último, la séptima. “Es la Memoria tecnológica, plena de intertextualidad y plagio, la moda académica y el periodismo cultural”, explica sobre la selección que incluye obras de los argentinos Patricia Suárez y Jorge Bucay.

Feierstein recalca que su obra no pretende ser una enciclopedia de escritores judíos latinoamericanos ni un manual que encasilla corrientes y movimientos literarios. “Aporta esquemas alrededor de las cuestiones de la memoria y la identidad en la obra de escritores que se fueron sucediendo generacionalmente en el transcurso de algo más de un siglo de vida judía en América”, señala.

- Télam: ¿Por qué trabajó con la alegoría de ciudades literarias y avenidas por las que circulan esos escritores?

- Ricardo Feierstein: El primer estudio que realicé, hace unos quince años, fue “generacional”, donde distinguí los componentes de la forma (la lengua utilizada, en sus variantes de demostración, pérdida, discusión y abandono) y los contenidos (que reflejan el mundo periférico y los múltiples estadios de la condición judía en cada generación de narradores). Pero ocurre que la idea de una generación no alcanza para definir la tarea de cada escritor. Por eso, imaginé una ciudad literaria en la que los edificios son reemplazados por libros, y en la que cada autor puede quedarse en su barrio de origen o recorrer otras avenidas a medida que pasan los años. Me parece que esa imagen ayuda a definir las siluetas de algunos grandes escritores.

- T: En el caso de su comunidad, la judía, con escritores incorporados a la literatura argentina a partir de experiencias previas europeas, ¿cómo se rescata la memoria de sus tradiciones vistas desde la salvación de un campo de exterminio, una sinagoga, la participación en el Mayo Francés o un country? ¿Qué cambia en esas literaturas producidas desde experiencias tan disímiles, pero con un hilo común de identidad?

- R.F.: Precisamente, el eje del libro es analizar cómo el paso del tiempo bloquea o diluye la memoria y debilita ese hilo común que define la identidad. Para el bagaje inmigratorio y las dos o tres generaciones nativas que siguieron, el pueblo judío es uno y el mismo, que comparte su pasado y posiblemente su futuro.

Para las nuevas miradas -un siglo después- en muchos casos (ya que es imposible generalizar porque siempre habrá grupos que estudien el idish o recuerden la Shoá) se admite la posibilidad de que “cada uno es judío a su manera”. O, dicho en forma algo más salvaje pero muy precisa: hoy se ejerce un “judaísmo de saldos y retazos”. Un poquito de religión, algo de gastronomía, lo que resta de endogamia matrimonial, la integración natural al país, incluso asimilándose al entorno. Todo eso es factible de apreciar en jóvenes literatos argentinos-judíos, a diferencia de los anteriores judíos-argentinos e invirtiendo la posición de sustantivo y adjetivo para su definición.

.- T: La identidad vivencial de los escritores permite que se resignifique la memoria. Eso potencia la memoria, pero también deja temas en el olvido. ¿Cómo se representan los temas del olvido en la literatura de colectividades?

- R.F.: La identidad no es una postura fija a la que se llega, sino un cambio permanente y natural entre la imagen que devuelve el espejo y las miradas de los otros. Algunos temas se olvidan o desaparecen, otros se resignifican y también aparecen nuevas cuestiones. Situaciones que en 1920 podían resultar escandalosas (pienso en el matrimonio mixto) hoy son naturales para más de la mitad de la colectividad judía.

El problema central es la transmisión. Para un pueblo como el judío -que se estructura a través de los siglos y es en eso donde encuentra su fortaleza- la idea del cambio permanente y el presente perpetuo del posmodernismo lo coloca ante un dilema muy complicado. Por eso esa transmisión necesita una recreación de sus contenidos primigenios, adecuada a esta actualidad, para ser transmitidos con posibilidad de éxito.

- T: Cuando habla de escritores, no menciona al periodismo como parte de esa literatura de calles, avenidas y ciudades. ¿Es un género aparte el periodismo?

- R.F.: Desde mi punto de vista, sí. El periodismo trata de sucesos reales (por lo menos en teoría, antes de las "fake news") mientras que la ficción literaria permite -precisamente por su estructura- llevar a puntos más alejados los conflictos generacionales de familias imaginarias en una novela. Por cierto, que el análisis del periodismo (y los periodistas) judío daría lugar a otro libro. Basta comparar la riqueza de las decenas de publicaciones de altísimo nivel de décadas anteriores con el esquelético panorama actual. Señal de que el entorno, el público y los mismos periodistas han cambiado profundamente.

- T: En “Memoria e Identidad” usted se pregunta si sirve de algo visitar el pasado, un tema desafiante para debatir. ¿Usted qué cree al respecto?

- R.F.: Visitar el pasado, además del aspecto emotivo, es útil para recordar las raíces y saber de dónde venimos. Pero vivir en el pasado es otra variante del judaísmo que no comparto, aunque algunos sectores del pueblo judío se empeñan en tratar de revivirlo. Ierushalmi aclaró en sus textos que es bueno recordar, pero, para seguir viviendo. También hay que olvidar algunas cosas, o recrearlas, si cabe el término.

- T: También afirma que podemos ver 100 árboles, pero nos cuenta imaginar el bosque. ¿Qué cambió en la síntesis o definiciones del pensamiento en los escritores? ¿Qué nos dio y qué nos quitó la modernidad al respecto?

- R.F.: El concepto es de Paul Virilio. La modernidad nos permitió “conocer los bosques” y pensar en una idea de totalidad. El posmodernismo -reforzado en el siglo XXI- reemplaza esta idea por la “estética del fragmento” y el “presente perpetuo”.


(Télam)