Una calavera de mármol esculpida por el italiano Gian Lorenzo Bernini en el siglo XVII, que se creía perdida, es desde hoy el centro de una muestra en Dresde, Alemania, que, enmarcada en la pandemia por Covid-19, remite a otra plaga: la peste que azotó Roma en 1656-1657, contenida hace más de tres siglos y medio a fuerza de bloqueos y cuarentenas.

La obra del maestro del Barroco italiano, ampliamente descrita en la literatura, estuvo desaparecida 200 años y fue descubierta durante los preparativos de una exposición de Caravaggio en la Pinacoteca de los Antiguos Maestros en 2020, contó el director de este museo, Stephan Koja, a la agencia alemana de noticias DPA.

La pieza en mármol de Carrara llevaba mucho tiempo "perdida" en otro edificio histórico de la ciudad, el Castillo de Pillnitz, señaló Koja, que calificó al hallazgo como "sensacional" e instó a contratar más expertos "que descubran lo que contienen estas ricas colecciones".

La calavera, de aspecto muy realista, es el centro de la muestra "Bernini, el papa y la muerte", que se exhibe en el edificio Zwinger hasta principios de septiembre, junto a un espectacular cuadro que muestra al pontífice Alejandro VII (1599-1667) con esa misma calavera.

El recién elegido pontífice contuvo con rigor y éxito en Roma la peste de 1656-57, ordenando bloqueos y confinamientos. La muestra tiene, por tanto, una "apasionante actualidad" y contribuye a la reflexión ante la actual crisis del coronavirus, dijo Marion Ackermann, directora de la Colección Estatal de Arte de Dresde.

Fabio Chigi (1599-1667) era un intelectual aficionado al arte y la arquitectura, doctor en filosofía, teología y derecho que, cuando se convirtió en el papa Alejandro VII, ni en sus peores presagios imaginó que tendría que enfrentarse a la peste que en un año y medio mató al 55% de la población de Cerdeña, la mitad de los habitantes de Nápoles y al 60% de los residentes de Génova.

El pontífice era líder del catolicismo y soberano del minúsculo Estado Vaticano que en aquella época mandaba sobre los Estados Pontificios que comprendían Roma y alrededores (prácticamente el centro de lo que hoy es Italia) y logró que la mortandad en Roma fuera de un 8%, decretando medidas sanitarias que, según investigadores, incluyeron rígidos bloqueos y aislamientos.

En los dominios papales la peste se propagó entre mayo de 1656 y agosto de 1657: en mayo un Congreso de Salud promulgó un decreto que suspendía todo comercio con el reino de Nápoles, que ya estaba afectado; se prohibió el ingreso a Roma de cualquier viajero que viniese de Nápoles; y, cuando se registró un brote en la ciudad de Civitavecchia, se impuso una cuarentena.

"En los meses siguientes se aislaron muchas otras localidades de ese territorio y en Roma, la decisión fue radical: se cerraron casi todos los portones de acceso, solo ocho permanecieron abiertos, protegidos 24 horas por soldados supervisados por un noble y un cardenal", detalla en un artículo el historiador italiano Luca Topi, profesor de la Universidad de Roma La Sapienza, que reproduce la BBC.

A partir de entonces, cualquier entrada debió ser justificada y registrada: en junio Roma tuvo su primer caso y las normas se endurecieron, una ley ordenó a los ciudadanos a informar a las autoridades casos de contagio y un dispositivo papal posterior ordenó a párrocos y asistentes visitar cada tres días las casas de los fieles para registrar enfermos.

Hubo más muertes y la primera idea fue aislar la región recrudeciendo gradualmente las medidas hasta llegar al confinamiento total.

"Prohibieron entonces actividades económicas y sociales: suspendieron fiestas y ceremonias públicas, civiles y religiosas como congregaciones en la iglesia, visitas diplomáticas y reuniones públicas, y pusieron vigilancia en los caminos", explicó a la BBC el seminarista Gustavo Catania, filósofo del Monasterio de São Bento de Sao Paulo.

Como los pacientes estaban aislados, se creó una red de apoyo a la población. "Había una previsión de ayuda económica para las familias que no podían salir de casa y algunas personas recibían comida por la ventana", dijo Catania.

Por otra parte, "se acusó al papa de inventar la enfermedad para ganar popularidad -señaló Mirticeli Medeiros, investigadora de la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma-. Incluso, muchos se opusieron a que adoptara medidas que alarmaran a la población. Temían que, al hacerse pública la gravedad de la situación, impactara sobre la economía".

Por entonces, en el absolutista siglo XVII europeo, la ciencia no era considerada gran cosa, el poder estaba entrelazado entre la religión y la política y cuando logró controlarse la peste, en 1657, la celebración estuvo a la altura.

Alejandro VII solicitó a su amigo Bernini (1598-1680), autor de la calavera que hoy encabeza la muestra en Dresde, Alemania, obras monumentales que ensalzaran el poder de la Iglesia, piezas como las columnas de la plaza de San Pedro que modificaron hasta el presente la fisonomía de El Vaticano. (Télam)