La publicación de obras póstumas también despiertan debates torno a la privacidad del autor o autora que fallece: en el caso del "Diario de Ana Frank", por ejemplo, existió desde el comienzo una “tensión entre intimidad y publicar", según advierte Héctor Shalom, director del Centro de Ana Frank en Argentina.

Una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, Otto Frank regresa a Ámsterdam y verifica después de una ardua búsqueda que habían fallecido Margot, Ana y su esposa Edith, a través de información proporcionada por la Cruz Roja. En este contexto, Miep Gies, una mujer neerlandesa conocida por ser una de las personas que ayudaron a la familia, le entrega el diario de su hija que ella había estado conservando. Al leer la obra de Ana Frank, el padre "se enfrenta al dilema de un diario íntimo escrito por su hija de 13 a 15 años pero también a su deseo de publicar, porque ella menciona que sueña con ser periodista, escritora y se imagina escribiendo una novela que llamaría `La casa de atrás ́, de la cual el diario serviría como punto de partida", plantea Shalom.

Otras publicaciones, en cambio, invitan a reflexionar sobre la problemática en torno a la voluntad del creador, como el caso del escritor checo nacido en 1883, Frank Kafka, quien solo publicó algunas historias cortas durante su vida (lo que representa una pequeña parte de su trabajo). Su obra, tan frondosa y sustancial para la historia de la literatura, pasó prácticamente inadvertida hasta después de su muerte. Poco tiempo antes de su fallecimiento en 1924, Kafka le pidió a su amigo y albacea Max Brod que destruyera todos sus textos. Brod no le hizo caso y supervisó la publicación de la mayor parte de los escritos que tenía. (Télam)