(Por Eva Marabotto) Aunque en sus dos novelas que se acaban de publicar, “Visiones para Emma” y “Derretimiento” narra crímenes, transacciones con prostitutas desdentadas, consumo de drogas y anécdotas que provocan o espantan al lector, el escritor uruguayo Daniel Mella se describe como un “escritor bendito” e intenta graficar con esa expresión su carrera meteórica y caótica, que comenzó con “Pogo” cuando aún no tenía 20 años y se consolidó con esas obras que llegaron muchos años después.

“Tuve mucha suerte desde el comienzo. Escribí 'Pogo' sin saber que estaba escribiendo un libro -confiesa Mella en el epílogo de "Derretimiento"-. A nadie le interesa lo que un uruguayo tenga para decir. A los uruguayos no los lee nadie porque nadie se entera de que Uruguay existe”, reflexiona el narrador protagonista en “Visiones para Emma”, invitado por una editora amiga a escribir un libro de “new age” o ayuda espiritual”, aunque solo consigue analizar su escritura y su propia vida y no transpolar a enseñanzas para los demás.

Sin embargo, ninguna de las dos novelas, recién publicadas por Orsai, reconforta al lector ni lo ilumina. Más bien, en el caso de “Derretimiento” lo asquean. “Las imágenes de 'Derretimiento' son impresionantes, del verbo 'me da impresión'. Es como meter la cabeza abajo del barro, sabiendo que hay que aguantar un tiempo sin respirar. Cada vez que yo salía a la superficie, las imágenes que me había dejado Daniel Mella eran como garrapatas que había que soltarse del cuerpo. Tremendo”, describió el escritor y creador del sello, Hernán Casciari, en torno a su experiencia de lectura de la segunda novela de Mella.

Sobre su carrera literaria, el rescate de sus experiencias de vida en su literatura y el peso de la religión en su vida -proviene de una familia mormona- conversó Mella con Télam desde su departamento en barrio del Cordón, en plena zona céntrica de Montevideo, a no más de siete cuadras de la rambla. A continuación, los tramos centrales de la entrevista.

-Télam: En el epílogo de “Derretimiento” te definís como un escritor bendito pero tu prosa y los temas que elegís parecen ir en sentido contrario.

-Daniel Mella: Escribí “Derretimiento” a los 21, hace ya 25 años. Por aquella época estaba atravesando un momento oscuro, mucha melancolía y mucha rabia. Me gustaban los libros y música melancólicos y rabiosos y así escribía también. Los artistas que más me gustaban eran los así llamados malditos: alcohólicos, drogadictos, locos o suicidas, gente que sentía que había algo fundamentalmente mal en el mundo o en sí mismos y ese algo era como una oscuridad que lo devoraba todo. Yo tenía buenas razones para sentirme así -además de que era muy joven y los jóvenes tienden a enamorarse de la desdicha- y eso no me permitía darme del todo cuenta de lo bendito que era en otros aspectos, el de la escritura por ejemplo. Fue la escritura de “Pogo”, mi primer libro, lo que me salvó de pegarme un tiro. Luego ese manuscrito fue llevado por un profesor mío de facultad a un editor que lo aceptó sin dudarlo. El manuscrito de mi segundo libro, “Derretimiento”, fue leído por Mario Levrero, mi ídolo, y fue él quien lo recomendó a la editorial que lo publicaba a él por aquel entonces.

Eso es tener suerte. La mayoría de los escritores hacen un camino mucho más difícil, lleno de rechazos por parte de editoriales. A eso me refiero por bendito. Por suerte los años han continuado siendo benévolos para mí, y la melancolía y la rabia ya no me dominan. Tengo la suerte de tener hijos sanos y que estén conmigo, vivo de los talleres que dicto y es un trabajo realmente soñado, sigo escribiendo y mis libros se publican y a la gente les gusta. Creo que mis libros más recientes, además, no son como mis primeros. Tienen más luz, o al menos eso dicen.

-T.: En “Derretimiento” el narrador protagonista se inscribe en la línea de los personajes impiadosos de “American Psycho” o “Degenerado” de Ariana Harwicz. ¿Cómo es darle voz a un amoral?

-D.M.: Para mí fue una fiesta escribir ese libro. Tenía la clara sensación de que estaba expresando una parte de mí que se moría por expresarse, como liberando a un monstruo. Es cierto que el narrador no siente culpa cuando mata gente, cierto que no puede resistirse al dictado de sus entrañas. Parece más un animal que una persona. Si en eso consiste la amoralidad, entonces se trata un narrador amoral, y quizá de ahí venía la euforia que me daba escribir ese libro: por un rato, mientras escribía, experimentaba de forma vicaria lo que era una existencia totalmente liberada de las leyes civilizatorias. Tiene algo muy físico el libro. Me acuerdo del goce que era escribir tanto movimiento, tanta sensación corporal.

-T.: Elegís narrar tres etapas en la vida del personaje eludiendo todo lo que pasa en el medio.¿Construís una parábola?

-D.M.:No tenía un plan cuando me senté a escribir. Tenía la primera frase y luego tuve la segunda, luego la tercera, y así hasta el final. Fue una experiencia de trance como nunca antes había tenido. No calculé que el libro estuviese dividido en tres partes: infancia, adultez, vejez. Mientras eso se iba dando me pregunté si sería válido. ¿Es válido contar la vida de alguien agarrando solamente tres momentos y de manera arbitraria? Supongo que sí. Es válido incluso contar la vida de alguien agarrando un solo momento, si se hace bien. Es verdad que tiene algo de parábola esa novela, y debo decir que también eso fue a mi pesar. Yo no quería escribir ninguna parábola. Es más, desde muy temprano aprendí a tenerle tirria a las parábolas y cuentos con mensaje aleccionador.

Una de las moralejas que alguien podría sacar de su lectura podría ser que estamos condenados a repetir lo que mamamos en la infancia. El niño protagonista es víctima de violencia, luego de grande se pone a matar gente. Demasiado simple. Muy freudiano todo, o muy psicologista. Me molestaba que esa fuera una de las cosas que se interpretaran del libro. Sin embargo, lo que a mí me moleste personalmente de un libro mío no viene al caso. Lo que importa es el libro, y el libro era ese y estaba bien así, y yo no lo iba a andar modificando para que dijera algo que se pareciera más a lo que yo hubiese preferido.

-T.: Venís de una familia mormona. ¿Se refleja eso en tu prosa, le aportó algo a tu literatura?

-D.M.: Creo que sí. El estado de negrura en que caí al final de la adolescencia tenía mucho que ver con haber dejado la iglesia, con haber perdido a Dios. Supongo que muchos de los monstruos que llevaba dentro habían sido producidos por toda esa crianza de represión sexual, represión de pensamiento, de sentimiento. También es cierto que empecé a escribir muy de chico en parte por mandato de la iglesia: nos pedían que lleváramos un diario personal, así dejábamos registro para las generaciones futuras de lo que había sido vivir en los últimos días (los mormones se autodenominan Santos de los Últimos Días porque creen que están viviendo la víspera del apocalipsis o la segunda venida de Cristo). De todo esto escribí especialmente en “Visiones para Emma”.

-T.: El narrador protagonista de "Visiones para Emma" es completamente distinto del de "Derretimiento". ¿Cuál es más Mella, o ambos son artilugios, personajes de ficción?

-D.M.: Esos dos narradores son distintos por que yo no soy el mismo, pero nunca fueron yo. Solamente fueron la máscara más honesta que supe confeccionar en aquellos precisos momentos.

-T.: ¿Cómo construís la distancia que el narrador tiene con lo que lo rodean especialmente en “Derretimiento”?

-D.M.. No sé cómo, pero me interesaba explorar esa mirada de alguien radicalmente apartado de la normalidad. Supongo que la de sentirse apartado no es una experiencia tan extraordinaria. La mayoría la vivimos o la sufrimos por momentos. A la hora de escribir, se trata nada más de subirle el volumen a la cosa.

-T.: En “Visiones…” está presente la reflexión sobre la escritura ¿Hay una receta para escribir literatura? Mencionás, por ejemplo, los talleres de Mario Levrero…

-D.M.: Hay mil recetas para escribir, o al menos cosas a prestarles especial atención mientras escribís. El ritmo, por ejemplo, la creación de imágenes potentes, la consideración de hablar de temas universales. Todo eso siempre va a ayudar a que tu libro sea mejor. El tema es que, evidentemente, el cocinero tiene mucho más que ver con lo bueno que esté el libro que la receta que use. Creo que Mario Levrero encontró una forma personal de escribir que le servía a las mil maravillas y es inevitable que un escritor tome su propia forma como la más adecuada porque es la que a él le funciona y que la intente comunicar o enseñar. Ahora, lo que yo encuentro de más valioso en la receta de Levrero es esa postura de escribir sin pensar en el mercado, haciendo foco más que nada en la necesidad personal de expresar, de sacar de adentro lo que pide ser sacado de adentro. Fidelidad a uno mismo, digamos. O fidelidad a la obra de uno antes que a cualquier otra cosa.

-T.: ¿Cuál es el lector que te planteás para textos? .¿Buscás conmoverlo, escandalizarlo?

-D.M.. Lo que siempre busco es hechizarlo. Quiero que no pueda salirse del libro. Con “Derretimiento”, en particular, quería torturar al lector, agarrarlo de los pelos y llevarlo de comienzo a fin en contra de su voluntad.

(Télam)