Por Daniel Freidemberg*.

Se lo suele llamar “el poeta de la modernidad”, y es cierto. Fue el primero que, con plena conciencia, apostó a que en su poesía entrara la cambiante, caótica, impura y desangelada vida de la ciudad moderna. La difundida figura de un Charles Baudelaire “contracultural”, gozador del mal y de lo diabólico, grosero y escandalizador, no hace más que simplificar algo mucho más complejo.

Consciente, como nadie antes, de que los poetas perdieron el “aura” que les daba status social, de que ahora deben ganarse la vida en un mundo indiferente a la poesía, elige que la escritura se haga cargo de todo lo que está ahí, aun de lo más contradictorio, lo inconfesable, hasta el punto de buscar belleza en la carroña, la miseria, la prostitución, la enfermedad, pero sin renunciar nunca a las formas de belleza o plenitud o espiritualidad que ni siquiera ese mundo burgués puede evitar que a veces emerja.

El objetivo: una experiencia profunda, intensa, vivida con la inteligencia, la sensorialidad y la imaginación. Es el inicio de lo que llamamos “poesía moderna”: ya no se trata de acariciar con bellas palabras el oído del público, ni de darle una enseñanza, sino producir en el “hipócrita lector, mi semejante, mi hermano”, un tipo de experiencia muy especial, contradictoria, desacostumbrada, voluptuosa, imposible de clasificar o de darle alguna utilidad fuera de la de ser poesía.

Hay algo como una misión político-cultural implícita: batallar contra la obnubilación, la univocidad, la escualidez espiritual y el conformismo. Otro modo de situarse ante el mundo, otra ética. A partir de Baudelaire, y -más tarde, y más a fondo- de Rimbaud (que vio en Baudelaire a su mayor antecesor) la poesía empieza a ser concebida como un tipo de experiencia cualitativamente diferente, más desalienada, irreductible. No puro canto, no refinado producto para consumir en un momento de placer: acontecimiento vital en el que el lector se ve puesto a sí mismo en cuestión y ensaya desconocidas capacidades. Un modo de conocimiento, un ejercicio espiritual.

De ahí vendrían el simbolismo, que a través de sus distintas derivaciones se mantuvo vivo, por ejemplo, en muchas letras de tango o de rock, y el aluvión de las vanguardias y posvanguardias del siglo XX. ¿Y el XXI? Se diría, si uno ve la mayor parte de lo que se escribe, se premia o circula por la web, que el “proyecto moderno” caducó. No del todo, sin embargo: cada uno a su manera, en Argentina y en todo el planeta emergen autores y poéticas que en mayor o medida eligen esa ancha brecha, tal vez porque es imposible eliminarla.


* Daniel Freidemberg es poeta, crítico, ensayista y periodista argentino. Autor de "En la resaca", "Diario en la crisis", "Días después del diluvio", "Cantos en la mañana vil", "Lo espeso real", entre otras. (Télam)