(Por Ana Clara Pérez Cotten) Como una vuelta de tuerca a la cultura porteña más arraigada, varios cafés de especialidad, las nuevas estrellas de la gastronomía de la ciudad, cuidan la elección de los granos, la preparación y la temperatura y, además, incorporan librerías y bibliotecas para reformular y hacer honor a aquel ritual entrañable de sentarse a leer en un café.

Books and Coffee en Belgrano, Fetiche Libros en Villa Crespo, y Atlántica Libros y Café, en Caballito, son tres exponentes de las nuevas dinámicas que comenzaron a darse entre los libros y el café en Buenos Aires.

“Ah, no. En realidad, es un sueño de toda la vida”, cuenta Janice Winkler, la responsable de Books and Coffee (Conesa 2686) -un café de especialidad que sumó a su blend una biblioteca exquisita y, además, la posibilidad de comprar algunos de los libros que se ordenan en los estantes- cuando se le pregunta cómo se le ocurrió la idea. Winkler es traductora de inglés, escribió varios libros de poemas y publicó también "Para tomar un buen té", un libro con información sobre el té y su ceremonia. Desde adolescente soñaba con la idea de un café acogedor en el que se pudiera leer, trabajar y difundir algunos de sus textos favoritos. Hace quince días, cuando abrió Books and Coffee, ese viejo anhelo se hizo realidad.

A diferencia de muchos cafés de especialidad en los que cierta moda parece haber guionado la escena (el mismo grano de café, enormes croissants y música ambiental), en Books and Coffee todo fue hecho con cierta curaduría para respetar ese sueño adolescente. Las mesas y la biblioteca de madera los diseñó su marido Gastón, los cuadros son de un amigo artista, Nicolás Whelan, y ella aportó su escritorio rosa, ahora convertido en exhibidor de los budines del día. En la biblioteca coexisten los cuentos completos de Lorrie Moore en una edición de tapa dura, con las últimas ediciones del sello Chai y los libros de poemas de Tanta Ceniza, una editorial de poesía de Neuquén con ediciones artesanales. Los lectores que se acercan al café pueden dejar marcado el libro que eligen y retomar la lectura en la próxima visita. Y como varios pidieron en estas primeras semanas comprar los libros de la biblioteca, sumó un rincón de libros disponibles para la venta y trabaja para generar en los próximos meses cierta movida cultural con ferias, charlas y presentaciones de libros.

La carta de la cafetería también tiene sello personal. Winkler cuenta que el café brasileño de Modo Barista de la variedad Catarí tiene un sabor muy amigable al paladar tradicional argentino, menos ácido que el que suelen usar las cafeterías de especialidad y, para los que prefieren el té, hebras negras con caramelo. Para acompañar las infusiones hay propuestas gluten free, infantiles y de las más tradicionales.

La afinidad entre libros y café, en verdad, es antigua como la civilización. El periodista Nicolás Artusi, conocido en las redes como @sommelierdecafé y autor de los libros “Café”, “Manual de café” y el reciente “Diccionario de café” (Planeta), define a la infusión como la “bebida del conocimiento”. “Los primeros que comieron granos de café fueron los sufíes, la rama más filosófica del islam, en el año 800, mil años antes de que se descubriera la cafeína”, cuenta Artusi, en diálogo con Télam, sobre el origen de un consumo que refuerza la identidad de “bebida del intelecto”. “A diferencia de una bebida etílica, por ejemplo, el café perfila la mente y es ideal para leer, estudiar o conversar, otra actividad intelectual”, explica sobre la conexión entre ambos mundos.

El fenómeno parecería tener, además, un componente porteño. En los últimos meses, en todos los barrios de la ciudad aparecieron cafés de especialidad. “El café es especial cuando se distingue del de granel. Un jurado lo califica con un puntaje en certámenes de asociaciones de 0 a 100 y si tienen más de 80 son `de especialidad´´, explica Artusi sobre una denominación que comenzó a usarse en 1974 en San Francisco y que, según él, llegó a Buenos Aires en los últimos años como parte de un fenómeno cosmopolita que también se da en ciudades como Londres o Nueva York. “Hay una suerte de perfeccionamiento de la experiencia de tomar café entre aquellos que cuentan con medios y conocimientos y que exigen saber más sobre el origen y la producción del café pero también de otros alimentos”, reflexiona y advierte que el fenómeno va más allá del marketing y la moda.

Fetiche café (Thames 744), de Martina Luri y Fernando Pérez Solivella, abrió en diciembre pasado y al formato de librería con centro cultural le sumó el café de especialidad. “El café invita a la conversación, a repensar situaciones, a cambiar de idea, tanto en soledad como en compañía. La literatura también nos convoca a esas escenas. Hablamos con nosotros mismos y con otros sobre lo que estamos leyendo, los libros nos hacen tener múltiples interpretaciones y miradas y, por suerte, muchas veces nos hacen cambiar de idea. Hay una sinergia entre café y libros que es absoluta, inmediata y en Fetiche celebramos que suceda”, reflexiona Pérez Solivella sobre esta suerte de afinidad electiva entre libros y café.

En Fetiche usan granos de café de Puerto Blest de Perú, de la región del Amazonas. “El caficultor es el Comité Café Monteverde, que se caracteriza por su trabajo con responsabilidad social y medioambiental. Lo seleccionamos por su combinación de sabores cítricos y dulces, y por su cuerpo cremoso. Somos fanáticos del espresso, el doppio y, en verano, del espresso tonic, que lo servimos con una rodaja de naranja”, cuenta Luri y propone acompañar el café con medialunas, muffins o cookies, la delicias de Sofía Marrone, una pastelera de Villa Crespo. El catálogo de la librería apunta a un vínculo orgánico entre los títulos. “Los libros conviven, circulan y entre todos terminan por crear un relato que nos representa. Todo el material que tenemos en Fetiche nosotros lo leeríamos. Esa es una pieza clave en la conformación de la curaduría de la librería”, describe sobre la oferta que además, suma un sector de libros usados con hallazgos muy interesantes, traducciones y ediciones desaparecidas.

Con charlas y presentaciones Fetiche termina por articular su propuesta. “Con las actividades culturales nos sucede algo similar a la construcción del catálogo. Generar un intercambio entre la gente y Selva Almada o Albertina Carri, que estarán este viernes y sábado en la librería respectivamente, se da de forma natural. Nos une la misma mirada literaria”, dice Pérez Solivella.

“Atlántica no es una librería con café ni un café con librería. Dejamos la definición a cargo del que nos visita. Nos gusta el espacio conjunto, la complementación y que las propuestas se complementen”, presenta al proyecto Carolina Alberti, una de las creadoras de Atlántica (Directorio 115), un espacio que nació como idea en el encierro pandémico. “Durante la pandemia nos juntamos un grupo de amigos. Cada uno tiene su vínculo con el libro, más allá de la lectura: uno tiene una editorial independiente, yo trabajé en editoriales y distribuidoras y antes de Atlántica tenía una librería virtual que hacía delivery a domicilio. Todos tenemos en común el amor por las librerías y pensamos un espacio en el que convivieran los libros con un buen café y una rica comida, donde se genere un intercambio entre lectores, autores, editoriales y otras disciplinas artísticas”, cuenta Carolina Alberti, integrante junto a Sebastián Masquelet, Melina Ons y Lucía Ursi Sotelo de la cooperativa que en julio de 2021 abrió Atlántica en una casa reciclada de Caballito.

La carta tiene opciones veganas, vegetarianas y sin gluten. El café de Atlántica, por su parte, es un blend de granos brasileños y colombianos de tostado medio.

“Tuvimos muy buena aceptación del barrio porque no hay muchas librerías ni un rincón para tomar un gran café”, cuenta Alberti y define el catálogo de la librería como “diverso” aunque con una apuesta por la narrativa latinoamericana y argentina y otra marca de la casa son las selecciones, auténticas curadurías de crónicas de viaje, novelas gráficas, correspondencia, diarios o poesía y narrativa LGBT.

(Télam)