Actual editor de La Bestia Equilátera, un sello que condensa en su catálogo rescates de narrativa extranjera, Luis Chitarroni se desempeñó antes como editor en Sudamericana junto al célebre Enrique Pezzoni y sobre esa tarea también dialogó en la entrevista con Télam en la que además analiza el circuito actual de publicaciones editoriales.

-T: Recientemente participaste como jurado de los premios Medifé Filba y resultó ganadora "El último falcón", la novela de Juan Pablo Pisano que había sido editada por una editorial de Rosario y era de los nombres menos conocidos en ese listado final. ¿Cómo ves el circuito de publicación en la Argentina del último tiempo para los nuevos autores?

-L.CH: En su primer libro, "La hamacas voladoras", en la solapa, Miguel Briante decía que estaba escribiendo un libro sobre Ray Bradbury. "Crónicas marcianas" se publicó en Minotauro con prólogo de Borges. Esos datos se desajustan con el deslizamiento del gusto y las modas, como en todas partes del mundo. Pero se acrecienta en la Argentina porque, como bien decía Piglia, el gran problema para quienes escriben es el reconocimiento. ¿Significan algo, redundan en beneficio de prestigio, aparte de un elogio inicial en las contratapas, el Premio Medifé o el Premio Nacional? Una recompensa efímera, un poco de plata. Los "rescates" importan menos, en momentos en que cualquier desliz fuera del canon accidental parece uno. No rescaté a Hayes ni a Arno Schmidt ni a Vonnegut, y cada uno de ellos rasguñó la superficie cultural un rato, a duras penas. La mayoría de los mejores libros que editamos parecieron no ser advertidos: Bazlen, Renard, Holroyd, Davis… Voy a tratar de escapar de este murmullo de descontento agravado hoy por el cansancio y espolvoreado de amargura. Ya no se habla más de "campo cultural", ¿no? El "escenario" actual parece el más adecuado para la narrativa argentina…¡actual! De acuerdo con mi experiencia docente, los lectores y aprendices de escritores de hoy leen mucho más que antes a sus coterráneos/contemporáneos. ¡Enhorabuena! Eso, aparte del talento, explica el éxito de María Gainza, Samanta Schweblin, Mariana Enriquez, Guillermo Martínez, Fernández Díaz.

Además del fenómeno, reciente también para el mercado argentino, del éxito de los agentes literarios y de las traducciones, que los ponen en movimiento No era así hace doce o quince años, cuando yo trabajaba en una editorial "grande". Esta "contemporaneidad" acarrea algo adverso, cierto alejamiento de los "clásicos", que no excluye a los románticos, ¡como si armar una tradición fuera cosa de todos los días! Quedan en manos de "los especialistas". Alguien dice que jamás lee a los escritores que se traducen de inmediato, porque suelen ser los más chatos y alejados de la lengua. Claro que hoy un comentario de esa índole suena a bizantinismo, palabra "despectiva" que ya no sé si se usa como antes, como "cultura de mandarines", elitista y remilgada.

-T: En el texto sobre Cioran citás un fragmento de "Cuadernos": "Ninguna persona clarividente debería tomar la pluma... a menos que le gustara torturarse". ¿Cómo fue para vos ese vínculo con la escritura y cómo se modificó a partir de empezar a editar textos de otros?

-L.CH: Un ejercicio de aproximación y alejamiento de lo que yo mismo escribo. El oficio que permitió que me ganara la vida. Trabajar sin obtener grandes beneficios, diría que ni siquiera pequeños. La ilusión, resultado de mi megalomanía, de que una cantidad de predilecciones y caprichos es una "poética". La literatura, como todo aquello que envenena y arrebata, debe velar sus armas a solas. "The only cure for loneliness is solitude", decía Marianne Moore. Quejarme, torturar a los próximos cercanos y a mí mismo.

-T: Sostenés que cada autor es víctima inhabitable -irremplazable- de su época y en "Literatura y acontecimiento" decís que "somos víctimas del tiempo -cronófobos- y víctimas de la época por añadidura". ¿Es la literatura una forma de asumir, de rendirse ante la época que vivimos o es al revés y es la posibilidad de pensar que la podemos atravesar?

-L.CH: Tengo una primera respuesta digna de Groucho Marx: en ese sentido, soy absolutamente optimista, aunque sin resultados visibles que no sean, a su vez, absolutamente decepcionantes. (Télam)