En esta entrevista con Télam, Roger Chartier, uno de los mayores especialistas sobre la historia del libro, reflexiona sobre los alcances de la lectura, las dimensiones de la recepción de un libro y la forma en la que nuevas y múltiples formas de búsquedas digitales atraviesan la investigación y la curiosidad.

-T.: ¿Hay alguna posibilidad en la que el receptor no haga una "apropiación" del mensaje emitido? ¿Existe la decodificación perfecta?

-R.CH.: Por definición, la lectura es una practica inventiva, creadora, que se apodera del texto leído para producir nuevos textos, sea en la mente y la imaginación del lector o bien en la escritura de nuevos textos. Una "descodificación perfecta", sin ninguna diferencia entre la intención del autor y la recepción del lector me parece imposible y, tal vez, empobrecedora.

-T.: ¿Por lo tanto la capacidad creativa del lector es ilimitada?

-R.CH.: Este debate tiene sus raíces en el libro de Michel de Certeau "La Invención de lo cotidiano", y concretamente en el capítulo donde se refiere a la lectura como caza furtiva. En ese libro, Michel de Certeau no se interesa por perspectivas históricas o sociológicas, enfatiza –en contraposición a la idea de la supuesta alienación que producen los medios de comunicación masivos- en la capacidad que tiene cada lector de cazar furtivamente en el territorio del otro, de construir para sí mismo un significado que difiere de las intenciones del texto. Su análisis permitió "sacar" al lector del texto y reivindicar (en contraposición a los modelos y enfoques estrictamente semióticos, estructuralistas y lingüísticos) que el significado no solo lo crea una maquinaria textual, sino más bien la relación entre esta maquinaria y las capacidades y habilidades de los lectores. Las apropiaciones singulares de los lectores deben estar siempre situadas en el conjunto de normas, intereses y prácticas que caracterizan las distintas maneras de leer, las distintas formas de relacionarse con la cultura escrita, las distintas percepciones y representaciones del mundo social que comparten individuos quienes tuvieron las mismas trayectorias y experiencias y que constituyen una misma comunidad de lectura. Esta perspectiva no diluye el significado de los textos o géneros en un sinnúmero de respuestas individuales carente de principio organizativo. Al contrario, intenta ubicar las preferencias y gestos de la lectura dentro de los códigos y costumbres que ha impuesto una identidad social. También intenta inscribir la construcción del significado en las limitaciones que se derivan de las formas materiales y textuales de la palabra escrita. En este sentido la lectura está ubicada en la tensión entre libertades restringidas y coacciones transgredidas.

-T.: Antes para buscar un dato, había que ir a una biblioteca, buscar en ficheros, luego dentro del libro, hoy solo se hace con un metabuscador ¿La facilidad de la búsqueda en libros y en bibliotecas completas digitales en que condiciona la lectura?

-R.CH.: Encontrar rápidamente lo que se busca es una de las posibilidades nuevas del mundo digital. Lo que se pierde es el viaje. La lógica de lo impreso es una lógica de los lugares. Permite encontrar lo inesperado, lo desconocido. Es esta lógica la que rige los espacios de la librería, las estanterías de la biblioteca, las partes que componen la arquitectura del libro, los diferentes artículos o crónicas impresas sobre la misma página del diario. La percepción de esta diferencia fundamental puede o debe inspirar nuestras prácticas, que no pueden reducirse a la lectura frente a las pantallas, y nuestros comportamientos, que deben preservar el viaje en contra del algoritmo, la librería en contra de Amazon, la biblioteca en contra de la red, el objeto escrito en contra de su reproducción digital.

En una entrevista de 2019, Antonio de las Heras expresaba su preocupación por "la crisis de los lugares" suscitada por el nuevo mundo digital. El "encapsulamiento" de los individuos en el espacio digital hace correr el riesgo que se borren los cuerpos. Un año antes de la pandemia, hacía hincapié, de manera premonitoria, en la necesidad de recuperar los lugares y los objetos que encarnan la corporalidad, que hacen que los cuerpos puedan compartir en el mismo tiempo un mismo lugar. El reto era transformar la alfabetización digital, que se ha vuelto casi universal, en una verdadera cultura digital capaz de establecer una relación crítica con el ruido y la confusión producidos por una "sobreinformación" indomable, excesiva, incontrolable. Paradójicamente, la repuesta formulada por este sabio cuya imaginación en cuánto a las extraordinarias posibilidades del mundo digital fue sin límite, era enfatizar la necesidad de la presencia, de los cuerpos en nuestro mundo cada día más virtual. Como lo quería el léxico del Siglo de Oro, el libro impreso es uno de estos "cuerpos" que desaparecen en la reproductibilidad digital. (Télam)