(Por Dolores Pruneda Paz). "La imaginación es un modo de conocimiento, más que un modo de fabricar realidades", dice Carolina Sanín, una de las voces más lúcidas de la literatura colombiana, residente eventual de Buenos Aires que pasará cinco meses en el país, invitada por la REM, la residencia literaria del Malba, donde además de terminar su nuevo libro -el último publicado en Argentina fue "Tu cruz en el cielo desierto"-, dará charlas, talleres y participará de la Feria del Libro de Buenos Aires.

"No tienen las ceibas tropicales esas flores grandes, ustedes les dicen palo de borracho, uno cree que todo en el trópico es más exuberante, pero nunca había visto ceibas con esas flores en el trópico", dice Sanín de la ciudad que le toca, con un otoño primaveral, con barbijos en baja y muchas ganas de reunirse. Dice eso consultada sobre a qué dedicará su tiempo en la REM, sobre qué temas la siguen convocando.

Está terminando un libro de entre ocho y 12 textos que no serán narrativos. "Podrían llamarse ensayos o, eventualmente, relatos, porque así el nombre asusta menos, es algo entre géneros, una cosa lírica, otro libro de varias piezas", cuenta a Télam en la Biblioteca del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, responsable del programa que busca favorecer el intercambio entre sus invitados y los escritores que residen en el país.

Durante la estadía conferenciará en Ampersand y dictará el taller de escritura "El día y la noche". Buscará ahí qué cosas surgen para la imaginación en el día, cómo el tiempo se "indistingue" en la noche, "cómo se forman conjuntos para la imaginación para uno y otro momento". El cronograma puede verse en la página del museo, https://www.malba.org.ar.

Nacida en Bogotá en 1973, Sanín es licenciada en Filosofía y Letras, columnista, docente, dirige un programa televisivo de interés general en Colombia y escribió una docena de libros. Las novelas "Los niños" y "Tu cruz en el cielo desierto" y los relatos de "Somos luces abismales" están publicados en Argentina. Todos por Blatt y Ríos.

-Télam: En las columnas que hiciste entre 2008 y la aparición de la pandemia, en medios como El Espectador, Arcadia o Credencial, tocabas temas variadísimos que causaban revuelo en tu país. Feminismo, género, política, medio ambiente, bullying. ¿Qué tema aún te convoca?

-Carolina Sanín: Podemos hablar de que me parece realmente ingenua la actitud que lleva a cancelar a los artistas y las personas en general, como si fueran entidades unidimensionales. Me choca mucho cuando se entra a partir de separar la obra del artista. ¿Qué significa eso? Es malentender el arte, plantear esa pregunta es partir de un lugar desde el que no se puede entender nada, ni del arte ni de las personas.

-T: Cuestiones de género, identidad y activismo son un parteaguas en las lecturas más de avanzada sobre todo eso. La escritora trans Camila Sosa Villada, por ejemplo, cree que la idea de la comunidad LGBT es un fracaso. "Es un enorme fracaso volvernos legibles", dijo.

-C.S: El fracaso estaba desde antes, la identificación es un fracaso, la política de la identidad es un fracaso del Humanismo. Desde sus orígenes, en el siglo XVI, el Humanismo exploraba la capacidad del ser humano para contenerlo todo. Está en Shakespeare y en Cervantes, en todos los barrocos, cualquier cosa que hacías era una posibilidad de ti. Lo que hemos hecho con la política de la identidad es reducir a cada ser humano a un personaje ejemplar, para condenarlo o emularlo.

-T: Esto lo estás diciendo en un país pionero en Ley de Identidad de Género, con mucho trabajo político en torno a la restitución de identidades tras la última dictadura.

-C.S: Hablo de la identidad del individuo, cuando te nombran y reconocen como una unidad, te reconocen también como una unidad irrepetible, pero cuando tu identidad está adscrita a un grupo, tú eres tu identidad sexual, racial, política, se borra el individuo, es casi una doble desaparición, como identidad contra existencia que se corresponde con la virtualidad. En la virtualidad eres un tipo de persona, no un individuo único, cabes en casillas que le sirven solo a quien te quiere vender algo: productos o discursos políticos. La identidad es la cosa más reaccionaria, menos liberadora y menos anticapitalista de todo esto definitivamente.

-T: ¿La escritura de taller es un género literario?

-C.S: Lo que se produce en un taller depende de las personas que están ahí, es una creación colectiva y eso me encanta. No crecí en eso, no tengo formación de taller literario, pero lo que se está haciendo ahí es, más que un género literario, un género artístico. Y los que hacemos talleres literarios buscamos ese nuevo acontecimiento artístico: no tengo ningún interés en que publiquen ni en que terminen nada, sino en la exploración de la imaginación dentro de determinado grupo con determinada influencia. Hacer taller literario es estudiar la influencia mutua, la inspiración mutua, la asociación de conceptos.

-T: ¿Cuál es la función de la imaginación en esa exploración?

-C.S: La imaginación es el modo de conocimiento de los humanos, más que el modo de fabricación de realidades, para conocer cualquier cosa, tienes que darte cuenta de que es otra y al vincular unas cosas con otras te vinculas tú con ellas y esa es la única manera que hay, no sólo de conocer, sino de vivir soportablemente: vincularse con lo otro encontrándolo en ti.

-T: La violencia es tema de tus textos -entre autor y lector, autor y sujetos de sus narraciones, entre personajes-, una violencia que arremete o rompe para habilitar posibilidades que no están vinculadas al daño. Para crear goce y no desgracia.

-C:S: La violencia en un texto es torcer la naturaleza percibida de las cosas, encontrarle a los objetos de tu interés el comportamiento que no se ajusta a ellos. Violencia, no como un acto de poder sobre otro, sino como violación de la ley de lo otro o búsqueda de cómo lo otro viola su propia ley. Las mujeres escribimos violentamente en parte porque escribimos contra una ley, que es del género, por eso me interesa siempre estar haciendo violencia a los géneros literarios.

-T: ¿Eso qué significaría?

-C.S: Es una violencia contra el texto textual, que es la ley, y luego contra la literatura, la poética. Violencia es romper el texto inicial, que es la ley y entonces ver los puntos de fuga de esa ley, abrirle huecos, intervenirla. Otra violencia implicada en todo esto es la expresión: poner fuera lo que sólo está adentro, imponer en el espacio público el fuero interno. Eso haces al escribir un texto. Tiene que ver también con conocer la ley y con la ley quiero decir la lengua que hablamos, al conocerla también se la violenta y de esa violencia surge tu trabajo.

-T: ¿Y la lectura qué es?

-C.S: Lo que hace la lectura en el lector es análogo a lo que hace la palabra en el Génesis, se dice la palabra y se crea la cosa, cuando lees se está repitiendo ese proceso, se está creando en ti una atmósfera y unas imágenes y unas relaciones a partir de un lugar en el que todo eso no está, en el que hay signos. Es completamente distinto de mirar teatro o cine, por ejemplo, lo audiovisual te muestra ese espacio fuera de ti, sería la materialización de otra imaginación.

-T: Con todo lo dicho anteriormente, ¿sigue siendo útil hablar de hibridaje, o los textos son los que son, más aún, son totales, un reflejo de las complejidades y el lenguaje de su tiempo de su tiempo?

-C.S: Estaría bueno preguntarse qué es un libro, dejar de hablar de géneros y hablar de qué es una obra. Un texto es una representación de ti mismo. Lo interesante de los libros, para mí, es que son personas.

-T: El libro que estás terminando ahora, entonces, no entra en definiciones como literatura del yo.

-C.S: Es que literatura del yo también es Dante, ¿cuál más autoficción que inventarte que con tu nombre y tu apellido bajaste al infierno? (Télam)