Con el suficiente poder vocativo para derretir trayectorias, clausurar la circulación de una obra o licuar conflictos bajo el peso de una normatividad que se pretende concluyente, la llamada "cultura de la cancelación" que se instaló hace un tiempo en la agenda pública adquiere cada vez más matices inquietantes y como un eco tardío de la posverdad habilita impugnaciones sin pruebas contundentes, como el rumor que recientemente atribuyó delitos sexuales al filósofo francés Michel Foucault o las exhumación de una vieja y desacreditada denuncia por abuso que empañó las evocaciones afectuosas en torno al escritor Carlos Busqued, fallecido el pasado 29 de marzo.

Un escritor muere y los panegíricos en torno a su breve pero celebrada obra se van enrareciendo con comentarios que aluden a una antigua -y finalmente desestimada- denuncia judicial por acoso. Un prestigioso filósofo francés que dedicó gran parte de su vida a estudiar las relaciones de poder es acusado sin pruebas sólidas por un colega que cuarenta años después confiesa haber sido testigo de sus delitos sexuales. Las dos escenas remiten a una misma secuencia: un pasado a veces improbable se interpone en el presente para alterar drásticamente la ponderación de una figura pública y entronizar una argumentación unilateral que no admite contrastes porque la ausencia del "aludido" quiebra toda chance de defensa o refutación.

Esos episodios recientes vinculados con la muerte del escritor Carlos Busqued -cuya evocación elogiosa en las redes se cruzó con una antigua denuncia por abuso sexual- y las imputaciones que el intelectual francés Guy Sorman realizó sobre el filósofo Michel Foucault, simbolizan un giro peligroso en lo que se ha dado en llamar cultura de la cancelación, una práctica que con el correr del tiempo va sofisticando sus métodos de inculpación para salir al cruce de obras o pensamientos y señalar su descolocamiento o extravío frente al paradigma legitimado por la época.

"La cancelación es hija del escrache fascista que inventaron los militantes que seguían a Mussolini hace un siglo para aterrorizar a cualquiera que se pusiera en su camino hacia el poder. Y el escrache fascista es hijo de las hogueras de la Inquisición medieval. Es una misma familia de violencia: siempre según el estilo de la época. Se escracha, se quema o se cancela a los 'enemigos' religiosos, culturales, morales, políticos (o todo esto junto, por lo general)", señala a Télam el escritor y crítico de arte Daniel Molina.

"Se hace de manera instantánea, sin defensa posible y sin apelación. Siempre la cancelación es un acto cobarde: son patotas amplias, masivas, atacando a individuos aislados", prosigue el autor de "Autoayuda para snobs", que despliega una picante rutina en redes a través de su cuenta @rayovirtual.

La escritora Ariana Harwicz sabe bien cómo inciden estos tiempos de exacerbada corrección política sobre la circulación de una obra, qué pasa cuando el mercado acusa recibo de la audacia cuestionada y decide darle la espalda a un texto que tiempo antes respaldaron los editores y refrendaron la crítica y los premios. Su más reciente novela, "Degenerado", donde el narrador asume la identidad de un hombre que ha sido detenido y juzgado por violar y matar a una nena, solo logró ser traducida en países como Rumania, Irán, Irak, Egipto. Pánico editorial, en cambio, fue la reacción seriada en los países del continente europeo, donde vive desde 2007.

"Cultura de la cancelación es de por sí un oxímoron, una contradicción que marca un eje de marketing, mejor dicho, la semántica del horror del marketing en la cual vivimos. Acá en Francia la irrigación y la sumisión a lo que irradia Estados Unidos es total, igual que en Inglaterra, Alemania, España, Italia o los países de Europa del Este: la lógica ideológica es la misma. No hay más Muro de Berlín, no hay más Guerra Fría. Entonces, el poderío de la cancelación es caprichoso, diabólico y se muerde la cola, porque muchos de los que gritan y cancelan a otros son a su vez luego cancelados", destaca la autora a Télam.

Dar entidad a la marea cancelatoria implicaría para la ensayista y curadora Andrea Giunta blindarse al grueso de la producción artística e intelectual de todos los tiempos y confrontarse a un vaciamiento de los principales acervos mundiales: "Si esto significa eliminar de la historia a los pedófilos, abusadores, violadores, muy probablemente dejaría los museos y los estantes de las bibliotecas vacíos", dice a Télam. Y fija posición: "Voy a seguir viendo películas de Woody Allen y de Polanski y, por supuesto, seguiré leyendo a Foucault. Esa es mi decisión personal".

"Al mismo tiempo, trabajo intensamente porque el canon de la cultura occidental, que ha sido tan restrictivo, machista y patriarcal, incorpore artistas cuya ausencia restringe y empobrece nuestra cultura. La exposición curada por Georgina Gluzman en el Museo Nacional de Bellas Artes es un ejemplo de lo que me interesa en este momento conocer, obras de artistas que estuvieron borradas, no la repetición de los mismos nombres que ya conocemos", indica.

La operación de traer al presente un episodio pretérito para desacreditar una obra incómoda por sus formulaciones o por los posicionamientos personales de quien la suscribe, es solo una de las variantes del fenómeno cancelatorio. Se puede ser incorrecto a través del pensamiento pero también por un género o color de piel: hace unas semanas Marieke Lucas Rijneveld, la persona holandesa que se define como no binaria y que cobró notoriedad al ganar en el 2020 el International Booker Prize, se retiró de un proyecto para traducir el trabajo de la poeta afroamericana Amanda Gorman tras las reacciones violentas generadas por la crítica de una activista para quien la traducción debía estar en manos de un especialista de raza negra como la autora.

"Algo llamativo es que no hay pauta. Cualquiera puede ser cancelado, incluso los canceladores. Y aún en gran expansión, no es algo organizado y ni siquiera es masivo ni popular. El 99,9% de las demandas de 'cancelación' nacen de mínimos grupos de clase media-alta, académicos o con paso por la academia, muchas veces por personas con un protagonismo activo en diferentes academias", analiza la artista y ensayista Bárbara Pistoia.

"Hay algo también del clickbait ahí articulando su expansión, pero cuando uno busca un poco más allá del título que omite el 'quiénes' (cancelan) siempre son grupos minúsculos, más aún, hay veces que tan solo es una persona desde una columna de opinión. Esa generalización/omisión, en una época que reacciona de forma inmediata a todo, levanta más vuelo y alboroto que el hecho en sí. Las reacciones, a favor o en contra, son tan efímeras como las razones que suelen presentarse para 'cancelar a'", explica a Télam la directora del sello Síncopa Editora.

Para Florencia Angilletta, doctora en Letras, la corrección política "es la forma rápida de nombrar cierto malentendido que organiza parte del debate cultural luego de la caída del muro de Berlín y el 'fin' del 'corto siglo XX'", y a la vez "un intento por neutralizar los efectos de ciertas condiciones de enunciación que involucran a las minorías". La autora es taxativa: no por sustituir "aborígenes" por "pueblos originarios" o "afroamericanos" por "negros" quedarían pulverizadas las asimetrías de poder y las estigmatizaciones que involucran a estos grupos.

"No se niegan los problemas que la cancel culture cree que señala -asimetría, poder, injusticia-, aunque sí se advierte el equívoco que supone su proposición moral: los malos son los otros, la cancelación nunca me pasará a mí", analiza.

Un paso más allá del imperativo de acompañar un pensamiento con una vida privada libre de actos cuestionables o ideológicamente inaceptables -como podrían ser examinados los posicionamientos próximos al nazismo del ensayista Martin Heidegger o el escritor Louis Ferdinand Céline-, se suma por estos tiempos una nueva demanda que exige ajustar los comportamientos de los personajes al ideario de su creador o creadora. Así, el narrador y el protagonista de una obra debe reflejar el credo bien pensante de quien la suscribe, o en todo caso éste debe dar a entender que condena el accionar de sus criaturas.

"Cuando la cancelación se cruza con el arte se produce una tragedia. El arte es, de por sí, en su esencia, contestatario: eso significa que produce fuera de las limitaciones (morales, políticas) de la época. Obviamente que si una obra es realmente de arte va a ser mal vista por la moral de la época. El arte habla de lo que la moral de los que no piensan no puede hablar -plantea Molina-. Además, una obra de arte es siempre hecha por personas. Y las personas son todas falladas".

"Cuando se toma a cualquier individuo y se lo sube a un escenario y se lo desnuda, lo más probable es que no veamos una belleza prístina y un alma inmaculada: todos tenemos secretos, mezquindades, cosas horribles en nuestra alma. Elegir a unos u otros para juzgar en público porque algunas de sus acciones no nos agradan (o ni siquiera por eso: solo porque alguien que los detesta los ha denunciado, a veces en contra de fallos judiciales que los declararon varias veces inocentes) es miserable. Es propio de esta época éticamente miserable en la que vivimos", concluye.

(Télam)