“Para un escritor, encontrar su voz es dar con algo parecido a la verdad”, asume la escritora catalana Milena Busquets, seis años después de su best seller “También esto pasará” -traducido a 32 idiomas- y a días de lanzar “Gema”, una novela corta en la que el recuerdo de una amiga de la infancia muerta por leucemia se convierte en la oportunidad para reflexionar sobre el discurrir de los vínculos a lo largo del tiempo y las trampas de la memoria.

Como si retomara aquellos mecanismos que usaba cuando estudiaba arqueología en Londres, la escritora toma lo que encuentra en la superficie, ligero y banal, para indagar en la verdadera sustancia.

Si en “También esto pasará” despedía y celebraba a su madre, la editora Esther Tusquets, para dar cuenta de lo complejo del vínculo, en “Gema” indaga en la vida de su compañera del Liceo francés para saldar una deuda y asegurar la marca de su paso breve por el mundo.

“Los muertos cambian, se desdibujan, vuelven, pero siempre están. Nuestro recuerdo los hace presentes”, reflexiona Busquets desde su piso en Barcelona durante la charla por zoom con Télam.

Esa misma operación -la de atender a los detalles nimios y los gestos confiada de que debajo de eso hay siempre algo más complejo- es la misma que usa para lo coyuntural. Confiesa que está harta del aislamiento que trajo la pandemia y advierte que a esta altura las cuestiones de salud desnudaron una crisis más profunda. La decepciona la lentitud con la que Europa emprendió la vacunación: “Lo inocente que ha sido Europa a la hora de comprar vacunas es una cosa increíble. Yo soy muy antigua en esto y muy pro europea, pero hoy no pareciera haber un plan”, enuncia.

-Télam: “Gema” narra la muerte de una adolescente pero es un texto luminoso. ¿Por qué? ¿Tiene que ver con la investigación que emprendiste para contar la historia? ¿O con la forma en la que la escribiste?

-Milena Busquets: No tenía ganas de contar una historia triste. Al abordar la vida corta de una niña con leucemia era muy fácil caer en el sentimentalismo y la cursilería. Y creo que ese es un terreno muy peligroso para un escritor. A pesar de tener cierta edad y de haber vivido cosas, tengo un carácter muy vital y mantengo un idilio con la vida muy intenso. Esta cosa muy ensimismada o triste, la admiro en muchos escritores, pero no es mi carácter. En realidad, cada uno escribe lo que puede; no hay muchísimas elecciones que se puedan tomar.

-T: La narradora establece una suerte de pie de igualdad entre los muertos y los vivos, como si tuvieran en su vida el mismo peso.

-M.B: A medida que envejecemos, tenemos más muertos en las espaldas y siento que me acompañan. Hago amigos nuevos, sigo abierta y sé que el grupo de los vivos se ampliará. Pero esto de hacer el duelo, de cerrar las historias, no me lo creo mucho. Los muertos, de forma subterránea, nos acompañan siempre. Y lo curioso es que van cambiando con el tiempo. Cuando alguien se muere pensamos que ya está porque su historia y su obra se ha acabado, pero no es del todo cierto porque de alguna forma la opinión que tenemos sobre esta persona y las vivencias sin ella hacen que cambie nuestro recuerdo. Ahora, estoy escribiendo nuevamente, vuelvo sobre la figura mi madre y por momentos tengo la sensación de que sé menos que nunca quién era. Y en el caso de Gema me ha pasado lo mismo: en verdad, son muy pocos los datos biográficos que tengo de ella. Los muertos cambian, se desdibujan, vuelven, pero siempre están, nuestro recuerdo los hace presentes.

-T: En esa idea resuena aquello que dice la escritora Siri Hustvedt cuando vincula la memoria con la escritura. Dice que “escribir ficción es como recordar algo que nunca sucedió”.

-M.B.:Claro, es exacto eso que dice Siri. Tenemos esta obsesión por separar los recuerdos objetivos de la ficción. Todo el tiempo me preguntan hasta qué punto lo que escribo es inventado. Y en realidad, recordar y escribir ficción requieren de mecanismos muy parecidos. Cualquier cosa que recordemos ya lo convertimos en ficción: el almuerzo de hace un rato, la forma en la que yo elija contarlo, tendrá elementos de ficción. Creo que es uno de nuestros grandes poderes: contar, relatar y a partir eso dar una mirada del mundo. Los seres humanos tenemos dos pilares: la imaginación y la memoria. Creo que, en general, le ponemos mucho peso a la memoria, quién somos, de donde vivimos, hay a veces como una obsesión con el pasado. Pero también está la imaginación: qué deseamos, con qué soñamos. Y sí, es cierto que algunos escritores se basan más en la imaginación y otros en la memoria, pero cuando escribimos recurrimos necesariamente a los dos.

-T: Más allá de la pregunta recurrente sobre de dónde sale la materia prima de tus historias, parecieras no tener tapujos ni prejuicios a la hora de contar que escribís autoficción.

-M.B.: Uno elige hasta cierto punto lo que va a escribir. Lo que escribo ahora tiene aún menos componentes de ficción. Tengo la sensación de que puedo dar con cuestiones más interesantes a través mío que a partir de personajes e historias muy inventadas. No es por narcisismo -y esto sin negar el ego grande que tenemos los escritores- sino porque creo que doy con la “gran verdad” a partir de quien soy. Escribir implica acercarse a unas ciertas verdades y temas que nos importan, creo que se tarda toda una vida. Me encantaría escribir Harry Potter, pero tengo en claro que para un escritor, encontrar su voz es dar con algo parecido a la verdad. Y mi sensación es que mi verdad como escritora está en la indagación del yo: la memoria, el paso del tiempo, la relación con los hombres…esos son los temas que me interesan. Sé que tiene mala fama la autoficción: porque es más difícil construir un gran andamiaje de ficción y, por otro lado, porque se puso de moda. ¡Pero cuando empecé a hacerlo no estaba ni de moda! Ahora tiene más prestigio escribir grandes novelas con estructura pesada y ficcional. Como lectora yo las disfruto mucho, pero la edad te da perspectiva y conocer el horizonte de posibilidades te permite focalizar mejor

-T:¿Qué devoluciones te hacen los lectores hombres?

-M.B.: Hay muchos prejuicios en torno a mí: que soy la hija de la gran editora, que soy muy burguesa y niña bien y sí, que escribo para mujeres. Tal vez tengo más lectoras porque hay más mujeres lectoras. Los hombres detectan inmediatamente que soy muy partidaria de ellos a pesar de ser feminista, de haberme separado con niños chicos y de haberme mantenido siempre sola. Nunca he creído en un feminismo sin hombres ni creo que los hombres tengan que pagar un precio por los siglos de opresión que padecimos las mujeres. Me leen mucho los hombres y entiendo que es porque les gusta conocer el punto de vista. Es obvio que yo no tengo una agenda política o social, que digo simplemente lo que se me ocurre. Creo que a ellos les hace da gracia saber qué piensa una mujer común, que podría ser su hermana.

-T: En “Gema”, la historia de una amistad se superpone con una historia de amor que se apaga. Dice la narradora: “La apología de la amistad, tan pura y generosa, en detrimento del amor apasionado, es un triunfo más del puritanismo”. ¿Es una reivindicación del amor romántico?

-M.B.: A partir de cierta edad hay una tendencia a ponerlo todo en la amistad y me resulta un poco pobre. El terreno del amor - y creo que todo amor es romántico aunque no esté de moda decirlo- es siempre más peligroso. Da igual lo libre que seas porque en cuanto te metes en la cama con alguien entran en juego otras cosas. Pero es cierto que, a partir de una edad, uno no tiene historias de amor de forma tan recurrente. Tengo muchos amigos que consideran que lo del amor lo tienen solucionado, tienen una mujer que después de tantos años no les interesa tanto y se refugian en la amistad. Son terrenos distintos. Yo soy muy apasionada y kamikaze y creo que hay que caerse, hacerse daño y volver a levantarse. Además, sospecho de la gente que dice que es un gran amigo o gran amante, creo que solo decirlo empobrece todo.

(Télam)