"Vivir afuera me dejó completamente traumado: yo no disfruté ni un segundo en el extranjero, siempre me sentí un bicho raro", confiesa el escritor chileno Benjamín Labatut y cuenta que, si bien se considera bilingüe, guarda un rincón de su personalidad para cada idioma.

"El inglés, que hablaba en el colegio de Países Bajos, es mi hogar, el único país que siento propio. Cuando volví a Chile desde Países Bajos, tuve que aprender todo de nuevo, especialmente a putear, porque todos me burlaban por la forma en que hablaba. Aún sufro mi pésima ortografía", asume sobre cómo lo frustra su lengua materna.

Acepta que siempre quiso escribir en inglés y que trabaja desde hace unos meses en un libro en ese idioma: "Era una boludez hacerlo estando en Chile. ¿Quién me iba a publicar? Ahora puedo y es un placer".

- Télam: El panorama de la narrativa chilena no deja de expandirse, después del impacto de Bolaño hace 20 años. En una charla, sostuviste que te considerás chileno "en todos los sentidos importantes" aunque también aclaraste que no te interesan las literaturas nacionales ¿Qué marcas sentís que te dejó la literatura chilena?

- Benjamín Labatut: Siempre he pensando que hay que rehuir de los contemporáneos como de la peste, y eso vale doble para los coterráneos, pero a mí me enseñó a escribir un poeta chileno, Samir Nazal, un maestro en el verdadero sentido de la palabra, y esa marca -que fue a fuego- la voy a llevar en el cuerpo hasta que nos volvamos a encontrar, en ese pequeño pedazo del infierno que está reservado a los que se dedican a la literatura. Bolaño también fue una revelación, un pinchazo a la vena; fue como descubrir que al medio de mi biblioteca había un monstruo, y que ese monstruo generoso y voraz nos iba a tragar a todos. Con él no quedaban muchas opciones. En realidad, ninguna. Sus libros nos cayeron encima como un tsunami, y no había manera de resistir. Lo mejor fue dejarse llevar.

- T: ¿Qué otras marcas reconocés?

- LB: Hay muchos autores que me han marcado: Juan Luis Martínez, Nicanor Parra, Diego Maqueira, por nombrar algunos. Y es verdad que hay muchos buenos escritores en las nuevas generaciones, y una cantidad aún mayor de buenas escritoras, como Alia Trabucco o Lina Meruane. Incluso te diría que son demasiados, lo que es preocupante porque este país es muy angosto, no da el ancho, no cabemos todos. Sospecho que pronto empezará una enorme diáspora: vamos a cruzar la cordillera hacia la Argentina, vamos a volver a invadir Perú y Bolivia; nos vamos a desparramar por el Pacífico, descubriremos nuevas islas y fundaremos todo tipo de utopías. Habrá grandes escritores chileno-rusos, chileno-bosnios, poetizas chilenas-italianas, o narradoras chileno-estadounidenses que se sumarán a la horda de escritoras y poetas chilenos que viven (o sobreviven, o que incluso prosperan) en todas las grandes capitales del mundo. Hay una gigantesca casta de auto-exiliados, y son todos buenísimos. A mí se me parte el corazón pensando en lo buena que es nuestra literatura, pero espero que esto sea sólo sea una moda, y que pronto volvamos a la mediocridad, porque Chile no sabe de grandeza. Nos intoxicamos rápido con el éxito, subimos de un salto al cielo, pero nuestra única nobleza verdadera es la melancolía, la tristeza, esa que flota en la niebla del sur o te derrumba de golpe en desierto. La enorme pobreza de nuestro espíritu, que de cuando en cuando pare a una Gabriela Mistral, a un Chinoy, a una Violeta Parra, a un Lemebel o a un Raúl Ruiz. (Télam)