(Por Eva Marabotto) Ambientada en la ciudad de Ámsterdam del siglo XVII, la última novela de Ariel Magnus, "Uriel y Baruch", se adentra en la filosofía, la metafísica y la historia de las religiones, para trazar paralelismos entre Uriel da Costa y Baruch Spinoza, dos hombres dispuestos a cuestionar su fe e incluso la existencia del Cielo y el Infierno, sin temor a las consecuencias.

El libro, recién editada por Interzona, se inscribe en el género nouvelle, como la mayoría de los libros del autor de "Un chino en bicicleta", y rescata la figura del filósofo neerlandés de origen sefardí hispano-portugués Baruch Spinoza, impulsor del racionalismo, que fue condenado por la comunidad judía de Ámsterdam por cuestionar la existencia de Dios. La historia de Magnus lo narra sus dudas y cuestionamientos en paralelo con otro pensador escéptico del mismo origen, Uriel da Costa, para constituir entre ambos un perfil del hombre moderno, capaz de rebelarse contra los mandatos sociales, denunciar los intereses económicos que hay detrás de las religiones y transformar el castigo, humano y divino, en una pantomima.

Ariel Magnus nació en Buenos Aires en 1975 pero vivió en Berlín, donde ya había estado entre 1999 y 2005 y siempre quiso volver. "Vine, después de que me invitaran a una residencia de escritores en 2020, en otra ciudad. Ya que estaba, me quedé, digamos, el Dios en el que no creo dirá hasta cuándo", aseguró antes de comenzar esta entrevista con Télam.

-Télam: ¿Cuál fue el proceso de recrear la ciudad de Ámsterdam en el siglo XVII?

-Ariel Magnus: En un principio el plan era venir a Ámsterdam antes de escribir la novela, a donde me invitaron como escritor en residencia, pero la pandemia modificó los planes y al final terminé viniendo ahora, justo cuando el libro salió. No sé si no fue mejor así. Uno dice "el siglo XVII" y se olvida de que también ese siglo duró cien años y que lo que ocurrió en 1693 (por dar de ejemplo el año en que se construyó la casa en la que estoy residiendo ahora) está a varias décadas del tiempo descrito en la novela, con el consiguiente riesgo de caer en anacronismos, por muy sutiles que nos puedan parecer vistos desde acá.

El mismo cuidado tuve con los datos que extraje de libros, porque el XVII fue un siglo de muchos cambios, sobre todo en su segunda mitad, que es la que queda fuera del libro. Empezando por el templo en el que ocurre la novela, que no es (por apenas un par de años) el que visité hace unos días y que me hubiera encantado tener en vivo y en directo como escenario central. Quizá debería haberlo hecho, pero es que se empieza por el templo y se terminan incorporando platos voladores. A la imaginación hay que tenerla cortita para que dé lo mejor de sí, que para mí lo da cuando trabaja entre límites estrictos, tratando de romperlos.

-T.: El tema le suma componentes filosóficos y quizás metafísicos a lo histórico..

-A.M.: Son los que más me interesaron desde un principio. De hecho, yo estudié filosofía, además de literatura, aunque siempre la leí, siguiendo la sugerencia de Borges, como una rama de la ficción. El gran desafío estaba en reconstruir el universo mental, tanto de Uriel da Costa como de Baruch Spinoza (niño), seguirlos en sus razonamientos con el mayor verosímil intelectual posible, que es tan histórico como el de la arquitectura.

-T.: ¿Cuáles son las semejanzas que unieron a Uriel y a Baruch?

-A.M.: La principal es que venían de familias de origen portugués (que hasta estaban lejanamente emparentadas entre sí), que vivieron en la misma ciudad y que fueron castigados por las mismas autoridades por no amoldarse a sus dictámenes religiosos. En ese sentido la historia de Uriel sirve de prólogo a la de Baruch, aunque terminó de forma trágica. El otro punto importante de convergencia es la preocupación por la inmortalidad del alma, que Da Costa negaba y Spinoza trata de una forma ambigua. De todos modos, quise apuntar a lo contrario y destacar las diferencias, aprovechando que Spinoza era muy chico en esa época y estaba, en mi fantasía al menos, bajo la influencia de su madre.

-T.: ¿Cuál es el papel que les asignás a las mujeres de la historia? Matriarcas, antagonistas intelectuales, con un protagonismo que quizás no era común en la época o al menos no fue visibilizado.

-A.M.: Las mujeres no existían en aquella época, menos dentro de una colectividad religiosa, pero en el libro adquieren importancia porque se cuenta la intimidad de los protagonistas y en esa intimidad ocupaban un rol central. A Uriel la madre lo bancó como nadie, y yo imaginé, la importancia de la de Spinoza, que había muerto hacía poco, al momento del inicio de la narración. También está la esposa de Uriel, que había sido su sirvienta. La ventaja de que no sepamos prácticamente nada de estas mujeres es que podemos hacerlas actuar como queramos en la ficción sin faltar a la verdad, quizá hasta rescatándola.

-T.: ¿Cuál es el papel que la religión tenía en la época? ¿Creés que sigue teniendo esa preponderancia en la actualidad?

-A.M.: El papel era determinante, como lo demuestra la vida de Uriel, que sucumbió a ella. La religión decidía dónde podías vivir y dónde no, y cómo. Naturalmente eso ha cambiado, aunque quizá no tanto en Ámsterdam, donde tanto ayer como hoy había una libertad de culto real. Por otro lado, creo que tendemos a secularizar demasiado el presente, donde las religiones y la religiosidad siguen muy activas, tal vez bajo otros ropajes. No es un tema cerrado ni mucho menos, de hecho me parece más factible un nuevo auge de cualquier religión que su muerte definitiva.

-T.: La literatura es pródiga en historias que cuestionan al cristianismo, pero mucho menos a los preceptos del judaísmo. ¿sentís que avanzás en un tema poco transitado?

-A.M.: Tal vez haya ciertos pruritos en reproducir una historia en la que los conservadores e intolerantes no sean por una vez los curas sino los rabinos. Igual hay que tomarlo con pinzas, porque los reclamos que les hacía Uriel da Costa eran por derecha. El conservador era él, frente a una colectividad que se había ido adaptando a los tiempos. De todos modos, da un poco lo mismo cuál sea la religión de la que se filtran este tipo de luchas internas, siempre da morbo ver que se pelean entre sí por menudencias ridículas. A la vez, confieso que a mí esas peleas escolásticas me divierten bastante, son como un juego pero trascendente.

-T.: La persecución que sufrieron los judíos en la época es asimilable a la del nazismo, un tema que ya tocaste en otras novelas.

-A.M.: Bueno, puede ser, igual acá el tema es la persecución dentro del propio judaísmo, lo que lo hace más delicado. Pero tocar temas delicados también es algo que ya hice en otras novelas...

-T.: Dedicás el libro a tus padres que te dieron "la religión y la libertad de no practicarla", te sentís "el príncipe de los ateos".

-A.M.: Jaja, te pido que me excomulgues si alguna vez se me ocurre compararme con Spinoza. La dedicatoria tiene dos objetivos: primero, quedar bien con mis padres, que se esmeraron para que yo me formara una identidad judía para compensar la educación alemana que recibí y, segundo, advertir al lector: "Ojo, soy judío, puedo decir lo que se me cante". De todos modos, las diferencias entre la comunidad reformista y askenazi a la que fui yo y la conservadora sefardí de Uriel y Spinoza son enormes.

-T.: Uriel y Baruch se mantienen dentro del género de narrativa breve, al que pertenecen la mayoría de tus obras: ¿qué le aporta eso a tu prosa?.

-A.M.: Cada idea pide un formato y se ve que en mí predominan las ideas para narraciones breves. Es casi lo único que suelo saber antes de empezar: para cuánto da lo que quiero contar. En este caso, estaba claro que todo debía condensarse en un día y, para realzar lo novelístico por sobre lo histórico, que no debía extenderse más de lo estrictamente necesario para trazar el arco entre sus dos protagonistas. Más allá de eso, no siento que escriba distinto según la extensión del relato, las eventuales diferencias en ese aspecto también se dan según lo que me pida el objeto.


(Télam)