El fin del amor, el desarraigo y la imposibilidad de comunicación son los ejes de la primera novela de la actriz y escritora Antonella Saldicco, quien narra en "Cuál es el pez que tiñe el mar" los sentimientos y las impresiones que produce una estadía en Japón en una joven estudiante de teatro, que llega en medio de una compleja situación de pareja.

Con un estilo poético y melancólico la autora refleja el extrañamiento que produce aquel país al que la protagonista califica como "marciano" en el que "todos los sentidos quedan estimulados a la vez, pero sin ninguna referencia previa". Un extrañamiento que el personaje experimenta incluso respecto de sí misma y de la relación que tiene con el hombre con el que planea vivir en Japón.

El escenario de Kioto cargado de poesía pero a la vez de ideogramas incomprensibles no es el único que transita Clara, ya que la historia incorpora sus recuerdos, su infancia y su pasado en Buenos Aires, con referencias más concretas como un departamento del barrio Facultades en la Ciudad de Buenos Aires.

"Atesoro esta soledad como si la estuviera negociando, como si responder un mail me la fuera a quitar. Me gustaría por un tiempo ser, pero no en relación. Ser como el cerezo que se mece al viento, solitario", se plantea Clara, con una comparación a tono con el paisaje que la rodea.

Como plantea Virginia Cosin en la contratapa, "la voz de la autora emerge como desde la caja de resonancia de un instrumento muy antiguo, ejecutado de una forma nueva". "Como los movimientos del gran pulpo, la voz del personaje avanza, se repliega y vuelve a expandirse de manera delicada", agrega el cineasta Santiago Loza.

Saldicco nació en Florida, Miami, USA, en 1986 pero creció en Heidelberg, Alemania. Estudió teatro con Federico León, Nora Moseinco y Maricel Álvarez y narrativa con Romina Paula y Cynthia Edul, Iosi Havilio, Cecilia Pavón y Federico Falco. Protagonizó la película "La muerte no existe y el amor tampoco", de Fernando Salem, basada en la novela "Agosto'' de Romina Paula. En mayo de 2016 viajó a Berlín para participar de un Workshop dictado por Akira Takayama, en el marco del festival alemán Berliner Festspiele y en 2017 recibió la beca de Formación Nacional de la Fundación Sagai.

La autora del libro publicado por la editorial Concreto habló con Télam acerca de cuánto hay de autobiográfico en su novela y qué le aporta Oriente como escenario a la historia y a la personalidad de Clara.

-Télam: Según el epígrafe que elegiste para la novela, que cita a "Los Llanos", de Federico Falco, "contar una historia cambia a quien la cuenta". ¿Te cambió esta historia?

-Antonella Saldicco: En el mejor de los casos es lo que espero que pase. Todavía es muy pronto para decirlo, para saber. Me gusta algo del orden de sentencia que los epígrafes le otorgan a las historias. Alguien ya nombró, alguien incluso ya nombró por nosotros. Por otro lado, no sé en qué se convierte una historia después de ser contada. La imagen más cruda que conservo es la del retrato loser que les hacen a les escritores en el cine: un escritor socavado encuentra su novela en un saldo de librería por apenas algunos centavos del billete de venta inicial. ¿Qué precio tiene contar? ¿Cuántos ejemplares debería vender una historia? ¿Debería generar en quienes escriben un cambio sustancial? Son algunas de las preguntas que me hice durante la instancia de escritura de la novela.

-T.: Dado que sos actriz, ¿pensaste la novela como un soliloquio capaz de ser representado en un escenario?

-A.S.: No lo pensé así. Pero si alguna dramaturga o dramaturgo se aventurara a hacer una adaptación, creo que me daría al menos curiosidad. Es cierto que por mi profesión como actriz, el acercamiento a los materiales dramáticos está vigente, aunque en estos años estuve más abocada al cine. Pero el enlace no parte desde ahí. Mis acercamientos a la dramaturgia surgieron en el campo de la escritura.

Hace varios años, en el taller de escritura de Romina Paula y Cynthia Edul, tuve la inocente ilusión de llevar algunas pruebas escritas de algo que imaginaba podía funcionar como un texto dramático y definitivamente no. En ese momento y aún, la escritura se me da en el terreno narrativo. De todos modos, pese a la multidisciplinariedad del momento, creo que esas pruebas están bien, justamente porque vienen a definir cuáles son los espacios que nos interesan allanar. O cuál es el terreno que nos resulta más fértil para poder profundizar. Creo que puedo decir con certeza que al teatro me gusta entrar como actriz, no tanto como escritora.

-T.: ¿Cuánto hay de autoficción en la historia de Clara, un personaje que como vos habla varias lenguas con fluidez, viaja a Japón por una residencia y es actriz?

-A.S.: La partida es cercana, solamente por el ejercicio, por la prueba. Entiendo la fantasía que despierta y tenía en claro que me interesaba jugar con eso, con pegármele mucho al personaje como narradora y como autora. Es un género que me interesa y al que a la vez le desconfío bastante como lectora. Casi siempre me quedo con la duda, pero igual me lo pregunto: "¿Le habrá pasado esto a la autora, al autor? ¿Lo habrá vivido? ¿Qué la inspiró? ¡Tiene que ser cierto! Al menos una parte". Y creo que esa ilusión viene un poco de la mano de la práctica actoral. Solo por el intento de convencer al espectador de que el personaje existe, de que la cosa está ocurriendo.

-T.: ¿Qué le aporta a la historia el escenario de Japón, un espacio casi inescrutable y a la vez poético?

-A.S.: Me interesaba indagar en algo del orden de la contraposición. Un país que invita a contemplar la belleza, con sus cerezos florecidos y atardeceres sepias, despierta en la protagonista los recuerdos de los aspectos más sórdidos de su relación.

-T.: ¿Qué papel juega la lengua en la historia, al principio como traba, luego como punto de encuentro entre personajes de diferentes orígenes?

-A.S.: Muchas veces el manejo de una lengua extranjera nos habilita una máscara, cierto juego, una composición diferente, la intervención del cuerpo. La encarnación de las lenguas y la cruza como dimensión sensorial y sensual. La lengua como gestora, como administradora de vínculos.

-T.: Esta es tu primera novela pero hablás con fluidez tanto español como alemán e ingles, ¿concebís al español como una lengua más apropiada para la literatura?

-A.S.: La concibo como la lengua con la cual conciliar. Y también sobre la que indagar. Desde la experiencia personal, por la experiencia de mudanzas durante la infancia y la adolescencia a países con otras lenguas maternas. El español es mi lengua de desarraigo. Y es el terreno al que vuelvo, al que quiero volver.

-T.: Elegiste un título muy poético que hace referencia a una escena concreta de la novela.

-A.S.: El texto del título aparece en una escena en la que la protagonista nombra durante el delirio de una fiebre alta. Creo que por el carácter de la novela, la elección del título podía soportar una manifestación errática, como algo que no hace pie, o que no se apoya sobre un pedazo de tierra firme. Como un pensar más acuático que se hace preguntas, que indaga: sobre el amor, sobre el origen y también sobre la monstruosidad (propia y ajena).

-T.: ¿Cómo trabajaste el tiempo y el espacio? Transcurre en Japón pero hay flashbacks a Buenos Aires, a otras épocas de la infancia o el pasado de Clara en Buenos Aires...

-A.S.: Al principio no tenía tan claras las dimensiones o la linealidad sobre la que quería trabajar. Es ese sentido lo que me ayudó a terminar de delinear el presente y el pasado que se revela insistente a través de flashbacks y recuerdos. Fue un ejercicio más propio de la escritura de guion, definir una escaleta. Pero aún así, temía que se leyera entreverado. Sobre todo porque leer el país extranjero se viene muy a un primer plano.

(Télam)