(Por Emilia Racciatti) La escritora Ángela Pradelli trabajó en "Dos soldados" con los testimonios del italiano Pietro Freschi (1922-2009) y del argentino Héctor Roldán (1962), dos excombatientes que volvieron de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra de Malvinas respectivamente, para recuperar las vivencias de quienes padecieron el silencio impuesto y tallado por el olvido pero que, a fuerza de persistencia e impulso narrativo, pudieron rearmar y narrar sus experiencias logrando expandir los alcances de la historia.

Para la autora de "El sol detrás del limonero" o "Combi", el testimonio es insumo para escribir historias que potencien las vivencias de quienes están dispuestos a hablar de aquello que los marcó pero que aún no fue del todo visitado, contado y escuchado.

"Quien escucha un dolor no debe interrumpir su latido, ni desgarrar la lengua, que lo protegió durante años como una manta contra la indiferencia y el olvido", dice en "La palabra del testigo", el último capítulo de este libro editado por Emecé en el que cada uno de los soldados tiene un espacio propio en primera persona para desentrañar sus horas más crueles, en las que se detuvieron después de mucho tiempo para volverlas relato.

En un café de San Telmo, la también profesora de Letras cuenta a Télam cómo fue ese trabajo con la voz de otros y cómo fue tomando decisiones para dar lugar a dos testimonios separados por décadas pero unidos por la experiencia de la guerra.

-Télam: ¿Por qué elegiste preservar la primera persona en los testimonios y que no haya entrevistas?

-Ángela Pradelli: Porque en una entrevista las preguntas van guiando, marcando un camino, en cambio de esta manera el testimoniante está en primer plano. Me importa la voz del que da testimonio, la persona que habla te entrega lo más preciado que tiene en relación a esa experiencia que es su dolor. Lo escucho a Pietro y pienso en Chéjov. He pasado madrugadas enteras escuchándolo y está la música de Chejov relatando, el modo, tan italiano, en que hace silencios. El otro día me escribió Daniel Divinsky y me dijo que había terminado de leer el testimonio de Pietro y para él era Primo Levi. Y los tanos tienen esa sabiduría del narrar.

-T: ¿Cómo llegaste a Pietro?

-A.P: Estaba en Italia y alguien me comentó acerca del testimonio grabado de Pietro, que era un soldado de la Segunda Guerra Mundial que no había querido hablar durante casi 60 años hasta que algo pasó en una cena y empezó a narrar como si recién volviera de la guerra y fue desgranando toda su experiencia. Sus sobrinos le dijeron de grabarlo y dijo que no. Pero insistieron y accedió. Armaron un estudio de televisión muy casero en la casa y pusieron ese cuadro del que hablo en el libro. Mientras veía la grabación pensaba que estaba relacionado con la guerra y cuando llamé a Italia me explicaron que lo había pintado un amigo con el que Pietro había hablado de esa experiencia.

-T: El testimonio de Pietro era una grabación, el de Héctor fue producto de encuentros presenciales, ¿cómo fue el trabajo en ambos casos?

-A.P: Con el testimonio de Pietro tuve que traducir del italiano y no soy traductora, hablo y entiendo italiano pero esto fue muy distinto. El testimonio de Héctor lo tuve antes de la pandemia pero corrijo mucho así que gran parte de ese trabajo de corrección lo hice en la pandemia y mediante encuentros telefónicos. Corrijo porque hay distancias: entre lo que uno quiere decir y lo que dice, entre lo que uno dice y el otro escucha y entre lo que una escucha y finalmente escribe, entonces después hay que reunirse para achicar, cortar, pulir e intentar achicar todas esas distancias.

-T: ¿Y cómo llegaste a Héctor?

-A.P: Estaba en una clase de yoga y la profesora me preguntó qué estaba escribiendo, le conté que estaba con el testimonio de un soldado y que estaba buscando otro de un soldado de Malvinas porque quizás podía incorporarse al libro. La persona que estaba al lado mío me dijo que conocía a alguien y me habló de Héctor, me contó que era auxiliar en el Centro de Capacitación, Información e Investigación Educativa donde ella era bibliotecaria. Resulta que un día estaban preparando el acto del 2 abril y él dijo que era excombatiente, entonces la directora le preguntó si quería hablar en el acto y el dudó pero dijo que sí. Lo conocí y nos empezamos a reunir en la biblioteca del Centro. Fueron encuentros largos, Héctor siempre tenía mucha paciencia y predisposición para corregir. Me explicaba una y otra vez si algo no entendía pero no soltaba el relato. Diferenciaba mucho su experiencia de lo que otros decían: "Parece que el oficial dijo pero yo no escuché".

-T: Hay un grupo de WhatsApp de excombatientes que Héctor nombra varias veces, ¿no te dieron ganas de hablar con alguno de ellos?

-A.P: No, me pareció un espacio muy íntimo de él, no me hubiera sentido cómoda. En los mensajes advierto una gran necesidad de ser narrados, hay una gran necesidad de que se cuente la historia. Ese cruce que hay entre lo social y lo subjetivo, lo nacional y lo personal está muy presente en todos. En el caso de Héctor antepone lo social, el suele decir "hablo por todos, no solo por mí".

-T: La falta de información y el hambre están muy presentes en los dos casos, ¿qué otras cosas advertiste en común?

-A.P: Hay mucha relación entre las dos guerras y los dos testimonios: el hambre, el frío. En el caso de Héctor la falta de información no les permitía medir el tiempo ni saber cómo iban las cosas. Cuando le dicen que se tenía que ir le da un ataque y el oficial le dice "Cállese Roldán". Así se dio cuenta de que estaban perdiendo, ante la frase: "nos vamos". Cuenta que le había dado mucha bronca pero que gracias a esa rendición está vivo. Quise incorporar a dos soldados chinos que habían peleado en Cuba por la revolución, ya habíamos hecho la conexión, pero después vino la pandemia y no se pudo. Quería que no fuera uno, sino dos. Tampoco quería un libro solo sobre Malvinas.

La guerra es la expresión más alta de la cultura machista y patriarcal, por eso necesité los poemas de las mujeres abriendo y cerrando el libro y en los epígrafes de cada capítulo. Las cuatro dicen cosas muy distintas de lo que socialmente y patriarcalmente es la guerra.

-T: Sale el libro en el marco de una guerra. ¿Cómo te impacta eso?

-A.P: El libro tendría que haber salido un año atrás. Me demoré y cuando el libro estaba entregado, corregido, con la tapa decidida, empezó esta nueva guerra. Un especialista decía que no es una guerra del siglo XXI, sino del XX y si lo apuraban parecía del XIX. Todo lo que leo en los diarios y veo en la tele es lo que contaba Pietro. En paralelo, mientras trabajaba en este libro, empecé otro de testimonios, que se llama "El corazón perdido en las cosas, la infancia durante la Shoah". Y justo el momento en el que Pietro sale de Rusia, entra a Polonia y lo llevan a un campo de concentración dejé de escuchar y de traducir porque me costaba desde lo técnico y el contenido entonces avancé con los testimonios de los chicos nacidos en la Shoah. Un día dije tengo que terminar y volví a traducir ese fragmento de Pietro. Cuando escuché que estaba caminando por los campos de concentración, vio las montañas de ropa de los niños y el oficial le dijo que los italianos habían apoyado a Hitler y se tenían que dar cuenta del horror de esa decisión, se me juntaron los dos libros. Escribiendo pueden pasar cosas locas pero nunca me había pasado que un libro me estuviera hablando de otro.

-T: ¿Qué pasó cuando salió el libro? ¿Qué devolución te hizo Héctor?

-A.P: Nos encontramos en la estación de Adrogué. Le dije si lo podía filmar cuando se lo daba y me dijo que por supuesto. En ese momento empezó a decir unas palabras y al final dice "mi vida no fue en vano". Y me impactó. Él había sido humillado, silenciado, es de una familia donde las herramientas comunicativas tampoco habían sido muchas y las amenazas eran tremendas.

(Télam)