En poco tiempo, "Panza de burro" vendió más de 20.000 ejemplares, una cifra contundente para una primera novela, y la recepción -aunque tuvo sus detractores entre aquellos que se arrogan la propiedad de la lengua- recibió calurosas críticas que se legitimaron aún más con la incorporación de la autora Andrea Abreu a la selección de la revista Granta.

La escritora, de 26 años, fue una de las 25 narradoras jóvenes elegidas por la publicación británica hace pocos días, lista que compartió con tres argentinos y otros países que publican en español. A propósito de su nombre en esa lista, Valerie Miles, la editora de Granta en Español, le dijo a Abreu que en esa misma lista diez años atrás, cuando se incluyeron autoras como Samanta Schweblin, "se notaba la tendencia a mirar autores o autoras más cosmopolitas, con un español mucho menos marcado por la región y con la necesidad de narrar desde una especie de no lugar".

"Lo que ella notó en esta selección -explica Abreu a Télam- fue la tendencia opuesta: localizar muy concretamente las narraciones en espacios muy identificables. Me encanta lo que hacían los autores de aquella generación pero también me encanta que podamos hablar de y desde lugares muy concretos, y atravesarlos por experiencias universales, reconocernos en personajes que habitan espacios completamente diversos a los nuestros".

-Télam: ¿Te sorprendió la recepción de "Panza de burro" en la crítica y los lectores y las lectoras? ¿Puede entenderse esta cálida aceptación como una expresión de demanda de voces de otras generaciones, de escrituras menos "modositas" evocando un poco a los términos de la narradora de este libro?

-A.A: Me gusta mucho esta pregunta porque he reflexionado mucho sobre el tema, estamos en un momento en que la gente está cansada de sentir que dentro de la cultura, hablando de los productos culturales, solo pueden existir historias homogéneas, escritas desde la misma variante neutra del español. Centros de las ciudades, metrópolis. Estamos cansadas porque la mayoría hemos nacido en la periferia. Al final esas personas estamos alcanzando niveles de alfabetización y de acceso a la cultura como nunca antes. De modo que sentirse reconocida en la cultura y la literatura es una necesidad, básica. Parece que lo que no está escrito no existe, como la famosa frase de lo que no se nombra no existe.

-T: ¿Creés que siempre se le está disputando a la lengua o estamos en una época particularmente frenética donde hay una demanda de cambios y la lengua se presenta como un territorio de reconquista?

-A.A: Las instituciones por lo general nunca van al mismo ritmo de la sociedad, es una realidad sociológica. Y por lo tanto tengo claro que yo no voy a esperar a que determinadas instituciones me den la legitimidad de escribir o hablar de la manera que creo que es necesaria y que me demanda la gente que me rodea, y yo misma demando. Por lo que pienso que si hay necesidades sociales, como el utilizar la e, en el ejemplo de las personas no binarias, lo voy a hacer. Si un amigue necesita que lo llame de una manera determinada, lo voy a hacer. Las instituciones no tienen que marcarnos la manera de actuar sino recoger los usos de la lengua en la calle. Pero es verdad que van mucho más lento, y yo no voy a esperar a que me den permiso para usarla. Tenemos que hacer nuestro propio camino si creemos que es justo y adecuado. Voy a respetar mis valores hasta el final, aunque me digan que lo que estoy haciendo es inadecuado o incorrecto. (Télam)