A pesar de que la pandemia lo encontró en Berlín, una ciudad "muy organizada donde la gente respeta las leyes", Alan Pauls, el escritor y ensayista al que le gusta "escribir sobre problemas", vislumbra que "el margen de imprevisto al salir a la calle todavía es muy grande".

-T: En una entrevista contaste que la pandemia te devolvió una sensación de presente perpetuo que sólo habías sentido durante la crisis de 2001 ¿Cómo fue, esta vez, habitar ese presente en Berlín?

-A.P.: Lo llevo como todo el mundo, nadie inventó nada demasiado original. Esta presencia del presente está muy marcada por el shock que supone estar encerrados. Nos enfrentamos a lo que está destinado para los presos o los enfermos. Entonces uno empieza a tener la comprobación de que el tiempo está hecho de cosas y que ese tiempo transcurre de forma muy distinta. En ese aspecto, creo que hubo una dimensión de descubrimiento para todos. Y vivir en un presente absoluto también nos impide saber qué va a pasar en el futuro. Ahora, tras un año de esto, tenemos una cierta experiencia acumulada del asunto pero la forma en la que el azar y lo fortuito se incrustaron en nuestra experiencia va a dejar marcas. La lógica de lo viral impuso un tipo de experiencia en relación con la incertidumbre y la dificultad para planear que es muy pesada. La crisis de 2001 y 2002, con todo lo catastrófica que fue, producía más deseo y esperanza que esto, que es muy sombrío y oscuro.

-T: ¿Aún ahora que existe la vacuna?

-A.P.: La pandemia dejó en evidencia que ni una situación tan extrema puede lograr que los estados capitalistas de occidente le indiquen a las farmacéuticas que fabriquen una vacuna y que la distribuyan ya y para todo el mundo. Que los gobiernos estén corridos por los laboratorios es una comedia macabra, una señal de que algo de todo esto no va a cambiar. La lógica de lo viral -que no es nueva pero que nunca se había visto en esta escala- inaugura algo que no creo que tenga solución. A lo sumo habrá que aprender de lo que pasó y bueno, tratar de no moverse demasiado. La limitación del movimiento que nos toca es un poco monstruosa. (Télam)