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La anomalía

Por Agencia Télam

05-11-2020 12:00

Por Martín Plot, Lic. en Sociología, investigador del Conicet y profesor de teoría política de la Universidad Nacional de San Martín.

Durante los últimos cuatro años escuchamos con frecuencia decir que Donald Trump era una anomalía en el sistema político norteamericano. Trump sería una aberración, alguien que tomó por asalto un partido esencialmente democrático— el Partido Republicano— y lo subordinó a un proyecto político personal caracterizado por la xenofobia, el nacionalismo blanco, el autoritarismo y la celebración obscena del poder del dinero. Pero a pesar de lo repetido de esta descripción, ésta de todos modos no ofrece una visión adecuada de la llegada de Trump al poder. Hace ya décadas que el Partido Republicano se convirtió en enemigo declarado de los derechos sociales inaugurados en década del treinta y de los derechos civiles reconocidos paulatinamente desde los años sesenta. Ya en este siglo, luego del 11 de septiembre de 2001 (11-S) y de su guerra contra el terrorismo, el partido se había radicalizado a tal punto que el liderazgo de Trump significó más una transformación estilística que un giro significativo en las políticas públicas impulsadas por aquel partido.

La anomalía en Estados Unidos de hoy no proviene de la llegada al Gobierno de alguien como Trump, sino de la forma misma en la que éste llegó a la presidencia. Desde el punto de vista institucional, en Estados Unidos, quien ejerce el Poder Ejecutivo no es el representante de los ciudadanos norteamericanos—en cuyo caso el principio elemental de la elección sería “una persona, un voto”—sino el representante de Estados Unidos. Es decir, lo que el presidente representa no es al pueblo norteamericano sino a los estados de la unión. Esta es la razón, desde el punto de vista institucional, por la cual Estados Unidos eligen a su presidente de una manera que nos parece bizarra, ineficiente e inconsistente con los principios democráticos más elementales. En las últimas tres décadas, el Partido Republicano obtuvo la mayoría de los votos en sólo una de las ocho elecciones presidenciales celebradas. Sin embargo, éste ejerció la Presidencia durante casi la mitad de ese período.

Pero ese no es, institucionalmente, un problema: el presidente no representa a los ciudadanos sino a los estados, nos dirán los defensores del Colegio Electoral, y por eso es perfectamente legítimo que los estados más pequeños se vean sobrerepresentados y favorecidos— y con ello los ciudadanos de esos mismos estados— en la elección del presidente. Pero es aquí donde aparece la anomalía, ya que esta es una herencia institucional del período fundacional de la república, un período dominado por la hostilidad con los principios democráticos que organizan la imaginación política contemporánea, tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo. Lo importante, entonces, es que este sistema electoral es visto como una anomalía no solo por nosotros sino también por parte de un número cada vez más amplio de los propios ciudadanos norteamericanos. Si el Colegio Electoral y los desafíos anti-democráticos de Trump lo permiten, en los próximos días muy probablemente Joe Biden se convierta en el Presidente de Estados Unidos. Si esto llegara a confirmarse, la tarea de democratizar las instituciones parece ser hoy más urgente que nunca. (Télam)