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Cien años de radio, cien años de la voz del mundo

Por Agencia Télam

26-08-2020 02:45

Por Pedro Patzer, secretario Consejo Profesional de Radio de Argentores, coordinador Artística Federal Radio Nacional, guionista de RDR, radio de Radios. Flamante emisora que rinde tributo a la radio creada por Secretaria de Medios y RTA.


Desde el comienzo de la historia el hombre y la mujer buscaron descifrar el gran mensaje, pusieron su mano en la caverna, hallaron dioses, Cristos, Budas, avatares, hicieron mapas, crearon guerras e hijos, reyes y mendigos, chasquis, templos y oficinas, imperios y pueblos. Aprendieron a leer la partitura de las estrellas, pero la humanidad no conseguía darle voces a tantas historias...

Hasta que en una terraza de Buenos Aires, Susini, Guerrico, Romero y Mujica le pusieron sonido a todas las cosas que los hombres y las mujeres callaron por milenios, inventaron la radio y nos dieron la máxima creación: ¡la máquina de las presencias! Y no sólo dejaban de ser locos los que hablaban solos, sino que dejaron de serlo aquéllos que escuchaban voces.

Así se iniciaron los milagros: desde el burrero que vivía con la radio pegada a la oreja, al paciente que en la cama de hospital se despedía de la vida con un rosario y una radio. De camioneros que ya no temieron al silencio de los caminos, a pobladores que comenzaron a comunicarse: "La señora Orfelina Marín de 55 años, hija de Celestino y Rudecinda Peralta, busca a sus hermanos a quienes no ve desde los 11 años, momento en que marchó a Buenos Aires con la familia Canossa".

Milagros de radio como los de hacer reír a un país en épocas en las que la felicidad estaba prohibida, o de hacer imaginar a una nación cuando el ejército de la literalidad invadía ministerios, escuelas y corazones. Una radio apagada es como una habitación vacía luego de muchas noches de amor, y una encendida es la vida y el canto, como nos enseñó Antonio Carrizo. Así fue posible que en las cocinas cupieran Tarzán y su selva, los personajes de Niní Marshall y de Fernando Peña, los silencios de Guerrero Marthineitz hasta sentirse escuchados por Luisa Delfino, la alquimia de transformar a la Eva Duarte del radioteatro en la Evita del pueblo, del poeta Discepolín en Mordisquito, de la oscura dictadura en la primavera de la democracia. Y cuando quiso, se volvió máquina del tiempo y llevó al Negro Dolina a beber cicuta con medialunas con Sócrates, a Gardel a conversar con Charly, a Badía a pasear con Lennon por la 9 de Julio, y al pibe Héctor Larrea a cambiar el andar de las propaladora de Bragado por el Rapidísimo galope de la radio actual. Y Nora Perlé, Betty Elizalde y Nucha Amengual lograron perfumar el aire, y un tal Migré nos concedió un permiso para imaginar junto a Délfor, Abel Santa Cruz, Nené Cascallar, entre otros locos como Lalo de San Pedro, que mudó una radio de Bangkok a Buenos Aires y gente que ha vivido del aire pero con calle, como Pueyrredón Arenales, la creación de Scalise y Marchetti, y otros como el loco de la colina, que dejó de estar solo desde el momento en que salió al aire La Colifata. La radio supo cobijar a Borges y a Héctor Gagliardi; le dio lugar a la música clásica y a la tropical, a las Dos x Cuatro y a la Rock and Pop, a la misa y a la madrugada de evangelistas y al informe ganadero desde el mercado de Liniers.

Una radio que desde tantos adjetivos como comerciales, públicas, comunitarias, cooperativas, universitarias e infinitas más, se dio el lujo de transformarse en podcast y colarse en los potreros del nuevo siglo.

La radio fue y será antorcha en tiempos oscuros, Penélope de los que siempre esperan, casa rodante del linyera, esperanza de los insomnes, grillo de ciudad, bichito de luz de campo, regreso de los exiliados, bandera de las patrias de la imaginación, pan de aire, pelota que no deja a nadie afuera del juego, espejo de todos y de nadie, eco de utopías, madre de lo que hemos vivido, la voz del mundo que cumple cien años.


(Télam)