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La Valvervidad

Por Agencia Télam

15-01-2020 10:30

En la medida que pone en entredicho formas políticamente correctas y francas hipocresías del fútbol de alta competencia, la ya célebre patada aplicada por Federico Valverde en la final de la Supercopa de España está llamada a ser una de las más vigorosas fuentes de polémica del 2020.

Cuando a falta de cinco minutos para el final del tiempo suplementario el español Alvaro Morata se escapó de frente al arquero belga Thibaut Courtois, hubo presagio de gran acontecimiento, pero en una fracción de segundos se desvaneció la cantada opción de gol glorioso o gloriosa atajada.

Morata cayó desparramado y el fair play o “fair play”, así, entre comillas, murió de muerte repentina.

¿Qué sagrada frontera había mancillado Valverde?

¿Qué respuesta aceptable y plausible había sincerado y naturalizado?

Desde luego que el destino es lo que en efecto pasa y no lo que pudo haber pasado, pero no será necesaria mucha perspicacia para deducir que si en los penales hubiera ganado Atlético de Madrid la decisión de Valverde habría tenido un impacto menor y tal vez condenatorio.

Pero como al cabo la copa se la llevó Real Madrid, el mediocampista uruguayo devino pieza clave, factor indispensable, pie providencial, ángel guardián, héroe.

Y no sólo fue felicitado por su entrenador, Zinedine Zidane: también fue felicitado por el entrenador rival (Diego Simeone).

Entre las filas del Real Madrid no hubo la menor objeción de conciencia para celebrar con entusiasmo: lo hicieron los jugadores y los dirigentes en Arabia Saudita; y los hinchas en la Plaza de Cibeles de Madrid.

¿A guisa de qué los propietarios del buen gusto, de la moral y de la ética del fútbol hicieron mutis por el foro o quedaron en abierta minoría?

Valverde, cuyo guadañazo fue calificado de “brutal” y “descalificador”, había llenado todos los casilleros de acciones susceptibles de punición: golpe de atrás sin pelota, uso desmedido de la fuerza, acción violenta que pone en riesgo la integridad física del rival, etcétera.

Sin embargo, como no le importaron ni la eventual lesión de Morata ni recibir la tarjeta roja que de inmediato recibió, como se sacrificó en aras de una causa superior y la causa tuvo final feliz, se le dispensó estatuto de paladín.

La patada, ¿debió haber anulado la condición de jugador más valioso del partido que los organizadores tributaron a Valverde o fue incluida como condición necesaria?

Su falta, ¿fue “táctica”, providencial, inevitable, malsana o un poco de cada cosa?

¿Estuvo bien o estuvo mal el espléndido jugador oriental?

Acaso haya dado en el clavo Baruj Spinoza, el filósofo neerlandés que preexistió al fútbol, cuando observó que al fin de cuentas el bien para el uno es el mal para el otro.

Entretanto, no estaría de más tomar nota de que entre otras cosas la acción de Valverde puso de relieve los alcances y los límites de un juego de oposición directa que en el plano profesional -y ante circunstancias concretas- interpela, debilita y relativiza más de cuatro peticiones de pureza. (Télam)