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Hablemos de La Gata

Por Agencia Télam

11-06-2020 05:00

En clave moderna/ 2.0, a través de una red social, con una cuidada edición de imágenes, palabras y una emoción de la que no hay motivo alguno para desconfiar, Gastón Nicolás Fernández, léase “La Gata”, anunció el final de una carrera que sin la bendición de las grandes ligas gozó en cambio del privilegio de quien supo pintar su aldea.

¿Quién fue en los 105 por 70 de la cancha este ahora ex futbolista al que los rigores del Covid-19 forzaron a tomar rumbo que con 36 abriles en el DNI ya contemplaba en su horizonte?

¿Quién fue a grandes rasgos el flamante ejecutor del metafórico cuelgue de botines?

¿Quién fue Gastón Fernández, el felino nacido en Avellaneda y formado en las divisiones menores de River?

Tuvo, y ya es decir, sus cinco minutos de gloria con la camiseta del Millonario y en un Superclásico: ¿Cuántos se han dado el gusto de hacer un gol decisivo contra Boca como lo hizo él en 2004 con 21 años cumplidos hacía poco más de un mes?

Tuvo en Racing esplendores no correspondidos con una vuelta olímpica: al fin de cuentas, el fútbol es un deporte de constitución colectiva, contribución de muchos y siembra de todos.

En San Lorenzo disfrutó de la Santísima Trinidad de aunar la dimensión del goleador, de un alto nivel de juego y de la pieza clave en un equipo campeón.

Pero por curiosa y dichosa ironía del destino, sus altas cumbres y sus páginas más luminosas fueron cosa de la geografía donde más de reojo iba a ser mirado y donde en los papeles sucumbiría más temprano por perjuicio de blandura: Estudiantes de La Plata.

Al abrigo de la mirada arropadora y rectora de Alejandro Sabella, apuntalado por Juan Sebastián Verón y por una afición que supo valorar una mutación virtuosa (ganar en fervor solidario sin resignar las sutilezas), devino primordial en instancias de la Copa Libertadores 2009 y la conquista del Torneo Apertura 2010 y sin exageraciones, puesto que él mismo así lo consideró y lo hizo público cuantas veces fuera necesario, en Estudiantes encontró su lugar en el mundo de la pelota número 5.

Si algo mereciera ser ubicado en el casillero del debe, acaso podría subrayarse la decisión de apresurar su salida hacia Tigres de México y por ende declinar la dorada oportunidad de jugar el Mundial de Clubes, defender la camiseta albirroja en la célebre final de Abu Dhabi versus el Barcelona Dream Team de Pep Guardiola.

Es cierto que no rayó a gran altura en sus varias incursiones en el exterior, aunque sin embargo fue campeón de la MLS con Portland Timbers, jugó un puñado de partidos en la Universidad de Chile que coronó en 2017 y uno para Gremio cuando ganó la Libertadores de esa misma temporada.

Tampoco se dio el gusto de jugar en Boca, tal como supo confesar, ni vestir la albiceleste de la Selección Nacional, pero a la hora de las sumas y las restas es justo ponderar sus 18 años en Primera y el trazo grueso de un competente delantero de los que hizo evocar a los añejos cultores del arte potreril.

El mismo espíritu que lo inspiró a jugar sin vendas y sin canilleras de cara a 60 mil torcedores del Cruzeiro y 5 mil hinchas de Estudiantes con los que esa noche, en el Mineirao, terminó de sellar su predestinada condición de jugador apto para llegar a la hora señalada en los partidos de pierde-paga. (Télam)