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Cancha rayada en Sapporo

Por Agencia Télam

06-06-2020 04:45

Una noche de hace 18 años la Selección Argentina sufrió uno de los golpes más dolorosos en la historia de los Mundiales: su derrota a manos de Inglaterra fue el presagio de una eliminación inmediata y de cierto modo selló el descrédito que hasta hoy mismo sufren Marcelo Bielsa y Juan Sebastián Verón.

Bielsa por su condición de presunto capitán del Titanic y por la no tan presunta obcecación con que se negó a hacer coincidir en la cancha a Gabriel Batistuta y Hernán Crespo, que por entonces gozaban de una consideración mayúscula en Italia.

El santafecino de Reconquista con la camiseta de la Roma y el bonaerense de Florida, apodado “Valdanito”, como lujoso refuerzo del Internazionale de Milán, que por su pase había abonado 26 millones de euros.

De hecho, en el partido jugado en el Sapporo Dome de la montañosa capital de la isla de Hokkaido, pese a que Argentina estuvo en desventaja desde los 44 minutos Bielsa retiró a Batistuta y ordenó el ingreso de Crespo cuando transcurría el cuarto de hora del segundo tiempo.

A Verón, por su parte, jamás se le perdonó que haya jugado muy mal durante todo el Mundial en general y con Inglaterra en particular, cuando se lo notó con una marcha menos (ciertamente venía de una lesión y al igual que varios de sus compañeros de la Selección llegó a Japón muy lejos de su estado de forma), y como falló pases infrecuentes para un jugador de su categoría abonó la delirante interpretación de que había fallado de forma deliberada.

Desde luego que después en las carreras de Bielsa y Verón pasaron muchas cosas, y unas cuantas virtuosas, pero para el imaginario de buena parte de la comunidad futbolera argentina el director técnico jamás dejó de ser “un perdedor” y el actual presidente de Estudiantes de La Plata jamás dejó de ser “un inglés traidor”.

En realidad, examinado el Mundial 2002 en detalle, cada partido de la Selección y cada jugador, encontraremos que se consumó una debacle generalizada de la cual sería justo rescatar a Walter Samuel y Pablo Aimar, aunque no más allá de un aceptable puntaje de 6 puntos.

El partido del que mañana se cumplirán 18 años no rubricó la decepción de un equipo sindicado como el principal favorito a quedarse con la Copa del Mundo, puesto que eso sucedería cuatro días después en Migayi, con Suecia, pero la determinó sobremanera, por el resultado en sí y por la pobreza del nivel de juego.

Amén del infantil foul penal que Mauricio Pochettino cometió en perjuicio de Michael Owen y de decenas de errores que no se agotaron en las malas cesiones de Verón, hubo un equipo apurado, descompensado, impotente para atacar (apenas si llegó neto con un zurdazo del Kily González y un cabezazo débil de Batistuta en la primera etapa y de una arremetida de Juan Pablo Sorín, cerca del final, que forzó una gran atajada de David Seaman) y permeable para defender.

Lo que nunca se reconoció, por ejemplo, es que Inglaterra dispuso de no menos de seis oportunidades claras para aumentar y que en definitiva el arquero Pablo Cavallero fue de lo mejor de esa Selección que el viernes 7 de junio de 2002 alistó en la defensa a Mauricio Pochettino, Diego Placente, Walter Samuel y Juan Pablo Sorin; en el medio campo a Javier Zanetti, Diego Simeone y Juan Sebastián Verón y en el ataque a Ariel Ortega, Gabriel Batistuta y Kily González, más Pablo Aimar, Hernán Crespo, y Claudio López como sustitutos.

Era la Inglaterra de Owen, de “La Foca” Seaman, de David Beckham (autor del gol, de penal, con un latigazo al medio del arco), de Ashley Cole, Sol Campbell, Rio Ferdinand y el pelirrojo Paul Scholes, entre otros.

Fue el quinto y último enfrentamiento entre Argentina e Inglaterra en la historia de los Mundiales: en 1962 en Rancagua y en 1966 en Wembley se había impuesto Inglaterra por 3-1 y 1-0, en 1998 en Saint-Etienne había ganado Argentina por la vía de los penales y el 22 de junio de 1986, en el estadio Azteca, tuvo lugar la matizada inspiración del más sublime Diego Maradona, con “La mano de Dios” y “la jugada de todos los tiempos” (Víctor Hugo dixit). (Télam)