cultura

Viaje interior al Derrida más desconocido: el profesor y escritor de ficción

Por Agencia Télam

14-07-2020 08:30

*Por Gustavo Santiago, profesor de Filosofía y autor del libro "Intensidades filosóficas"


Recordar un cumpleaños póstumo, es una de las mayores formas de agradecer por la existencia de un ser singular. “Hay” alguien que hoy no está, pero celebramos haber compartido un tiempo con él. En este caso, ese ser singular es, a la vez, plural: el filósofo francés Jacques Derrida. Y de los muchos Derrida que hoy se están evocando, quiero demorarme en dos de los menos conocidos: el profesor y el escritor de ficción.

Al primero, lo encontramos en “La bestia y el soberano”, último de los seminarios impartidos por el filósofo en la École des hautes études en sciences sociales de París, entre 2001 y 2003, publicado en español por Manantial en dos volúmenes. Se trata de un curso delicioso, en el que Derrida repasa el uso de imágenes de animales en diversos textos de filosofía política. Nos encontramos con un fabuloso bestiario que incluye centauros, lobos, serpientes, leones y, por supuesto, al más feroz de todos los animales: el hombre. Como profesor, Derrida fascina con las relaciones que establece, pero también estimula la imaginación y el pensamiento de sus alumnos (lectores) para que salgan en persecución de sus propias bestias ocultas.

Al escritor, lo encontramos en una auténtica joya de la literatura de ficción filosófica: “La tarjeta postal” (editada por Siglo XXI). El protagonista del texto (que es y no es Derrida) mantiene correspondencia con una amada (¿una mujer? ¿la propia filosofía?) utilizando como soporte de la escritura, el dorso de tarjetas postales. Una particularidad del texto es que reproduce el contenido de esas tarjetas y, además, señala el vacío producido por extravíos o destrucción voluntaria de algunas de las tarjetas. De modo que una frase puede quedar interrumpida abruptamenteÂ… y el lector deberá –o no- intentar reponer lo que falta en el texto. Texto de amor filosófico –valga la redundancia- en el que aparecen frases como esta: “La herida no puede tener (no debería tener) más que un nombre propio. Admito que amo –a ti- por eso: dejas en mí una herida que no quiero sustituir”.

Si de extrañar se trata, al celebrar el cumpleaños de un ausente, me quedo extrañando a estas dos versiones de Derrida: el profesor, y el escritor. Porque el Derrida filósofo –o su fantasma, como quizá le gustaría decir a él mismo- indudablemente perdurará. Pero el profesor y el escritor, creo, también merecerían triunfar sobre el olvido. (Télam)