cultura

Santiago Amigorena: Para ser fiel al pasado hay que narrar el recuerdo que uno tiene

Por Agencia Télam

31-10-2020 02:15

Santiago Amigorena en su novela "El Gueto interior" intenta pensar como su abuelo Vicente Rosenberg, un polaco que se estableció en Buenos Aires y que se va enterando como su madre queda encerrada en el Gueto de Varsovia, podía sentir el nazismo a 12.000 kilómetros de distancia.

El silencio del protagonista con sus hijos y su mujer, las "visitas" al casino y al hipódromo cada vez más frecuentes y la pared que se va construyendo en su interior al descubrir, poco a poco, lo que pasaba del otro lado del océano con su madre y su hermano es la melancolía que transmite la novela del escritor francés, nacido en Argentina, publicada por Random House.

-T: Como en el tango "Por una cabeza" el personaje juega para olvidar, ¿cómo se explica esa pulsión al juego de azar?

-S.A.: Siempre llamo a una audición de radio acá en París para que pasen "Por una cabeza". Mis dos abuelos eran jugadores. El paterno, que era un escribano de tradición católica, iba siempre al casino para ganar y ganaba (quizá porque tenía más dinero ganaba más). Y Vicente, mi abuelo judío, también iba al casino o al hipódromo y siempre lo veía perder. Cuando ganaba era muy generoso. Construí desde muy temprano en mi literatura esos dos estereotipos: el que juega para ganar y el que juega para perder. Me sigue interesando porque también tiene que ver con la escritura, con la tradición francesa que se retoma en Stéphane Mallarmé y con el grupo vanguardistas de poetas del siglo XX que fue importante para mí "Le Grand Jeu" (El gran juego) donde está la idea de que lo importante no es jugar sino "jugarse cada vez en un solo golpe". Mi abuelo Vicente tenía eso. Hay una repetición, claro, un ritual, porque no muere en cada intento.

-T: La pared que construye el protagonista en su sueño y luego en su vigilia se parece al muro de Alan Parker en la película "The Wall" ¿Lo tuviste en cuenta?

-S.A.: "The Wall" fue muy importante, la vi muchísimas veces y no lo había pensado con respecto a la novela. El sueño de mi abuelo Vicente no era de él, fue un relato que escuché de algún paciente de algún psicoanalista de la familia. Y la imagen que describo es exactamente como la pared de "The Wall", una pared que tiene algo vivo. No lo planeé, pero los lectores me dijeron que era la pared del Gueto de Varsovia que continuaba en Buenos Aires. Era esa sensación de los sueños de estar dentro de algo que te oprime y la única manera de respirar es hacer un hueco con algo punzante y en el momento de apuñalar la pared se siente que es tu propia piel, que te estás matando. Hay muerte de los dos lados: hay que aceptar asfixiarte o morir con las puñaladas. Obviamente, como en la película, también tiene que ver con la relación materna y el viejo dicho judío que dice que hay que dar raíces y alas a los chicos, que cuando se logra hacerlo el niño sabe de dónde viene y puede irse y cuando no se logra no le permite volar sin romper todo. El muro también tiene algo de eso.

-T: ¿Cómo fue la construcción de esa abuela, Rosita, la esposa enamorada que sostiene a Vicente en el peor momento?

-S.A.: Cuando mi madre leyó la novela me dijo que su madre no era así. Entonces me di cuenta de que describí -incluso físicamente- a la mujer que conocí, que murió cuando yo tenía 17 años. En realidad es la relación de la abuela con su nieto, no la de una esposa. Era muy protectora conmigo, muy dulce. No lo pensé mientras escribía, pero el personaje de mi novela es la mujer que había conocido ya vieja y pienso (como sucede con las cartas de mi bisabuela) que no le podía dar una realidad a ese personaje sin tener en cuenta lo que era ese personaje en mi realidad. Sería una traición tratar de describirla cuando tenía 30 o 40 años. Lo importante es que la fidelidad o la honestidad no está en respetar totalmente lo que fue, está en incluir lo que uno es en lo que fue. (Télam)