cultura

Santiago Amigorena: La escritura es otra forma del silencio

Por Agencia Télam

31-10-2020 02:00

"El gueto interior", del escritor y productor de cine Santiago Amigorena, es la historia sobre las culpas y el silencio del abuelo polaco del autor, novela traducida por Martín Caparrós, también nieto del protagonista Vicente Rosenberg, quien vino a Buenos Aires luego de la desilusión que sufrió al volver victorioso ("pero derrotado") del combate de Varsovia, batalla decisiva de la guerra polaco-soviética que lo obligó a "abandonar" a su madre.

En la novela publicada por Penguin Random House su protagonista, quien ya formó una familia en Buenos Aires, recibirá cartas donde su madre describe con precisión lo que sucede en el Gueto de Varsovia. En una de las misivas dice Gustawa, bisabuela del autor: "Los soldados alemanes vienen a la noche y entran en los departamentos... Pero la mayoría tiene miradas que, con el invierno, se volvieron tristes como las nuestras".

En otra, sostiene: "Por favor, Wincenty, mándanos lo que puedas. No sé si nos llegará, pero mándalo igual. Saber que nos mandaste algo será casi tan bueno como recibirlo". En ambas líneas se sintetiza esa mirada trágica y el mensaje de responsabilizar a su hijo por el abandono.

Amigorena, quien nació en Buenos Aires en 1962, se considera un "escritor francés", porque es la única lengua en la que escribe, y muy argentino en otras costumbres como el fútbol y el asado. "El gueto interior" es la primera novela suya que llega a la Argentina y la segunda que se traduce al español. La otra es "Aquellos días que no olvidaré".

Tiene una vasta obra escrita en francés, una treintena de guiones de cine, películas que ha dirigido y fue popularmente conocido en el mundo de la farándula por sus parejas, las actrices Juliette Binoche y Julie Gayet (madre de sus dos hijos y pareja del expresidente de Francia François Hollande).

- Télam: Se le atribuye a Gustave Flaubert la frase: "Madame Bovary soy yo" ¿Cuánto hay del autor en el abuelo de esta novela?

- Santiago Amigorena: Antes escribí mucho sobre mi silencio: yo era muy callado cuando era chico. Se me hacía muy obvio y familiar tener que hablar del silencio de mi abuelo. Lo que el personaje piensa siempre en mi escritura es lo que yo pienso. Cuando hablo de su silencio hablo de mi silencio. Cuando trato de encontrar sus palabras para el silencio, las que encuentro son mis palabras. Los personajes encuentran sus propias lógicas y van a seguirla y esa lógica obviamente sale toda de mi cabeza. Pero nunca es una decisión previa a la escritura.

Hay siete u ocho libros donde el narrador tiene mi nombre, no sé si esos narradores se parecen más que mi abuelo Vicente en esta novela.

- T.: ¿Tu proyecto compuesto por diez novelas autobiográficas (por ahora) tiene mucho de "En busca del tiempo perdido" de Marcel Proust?

- S. A.: Cuando formulé la idea quise hacer lo que Proust hizo con respecto al tiempo pero con el idioma. El tiempo era una obsesión de la filosofía al principio del siglo XX y cuando yo empecé a escribir al final del siglo XX trabajé con el idioma.

Al proyecto lo empecé a escribir en 1992 y fui publicando partes sin ningún orden cronológico. Este proyecto tiene como un cuerpo central que son seis partes, con dos capítulos cada una, que cuenta toda la vida de alguien que se pelea con el silencio, entonces descubre la escritura: escribe toda su vida y al mismo tiempo se da cuenta de que la escritura es otra forma del silencio.

En la obra misma le doy muchísimas definiciones al proyecto: una es hacerle a Proust lo que Joyce le hizo a Homero: reescribir totalmente la obra de Proust con mi vida como Joyce hizo la "Odisea" con un día de Leopold Bloom. La obra tiene mucha intertextualidad.

Después tiene satélites, que son libros que tratan de iluminar ese proyecto central de lado. "El gueto interior" es como la introducción o la conclusión al resto del proyecto. Funciona en los dos extremos. La relación de mi abuelo con el silencio y que tiene que ver con la Shoah. No me gusta decir que todo mi silencio viene de ahí, también viene de mi lado paterno, de mi bisabuelo Amigorena al que construí como un poeta, pero mi silencio puede llevarse hasta ese momento trágico de la Historia.

-T.: Siguiendo con la tradición literaria francesa, ¿sentís que hay poco de la línea de François Rabelais, Alfred Jarry, de la "avant-garde", el juego de palabras y el humor en esta novela y en la otra traducida al español: "Aquellos días que no olvidaré"?

- S. A.: Martín (Caparrós) me lo dice siempre cuando hablamos. Insiste que es una novela que está escrita en un tono mucho menos rabelesiano o barroco que mis otros libros, donde hay más juegos con el lenguaje, una prosa más complicada, con frases más largas.

Con este libro me pasó que fui corrigiendo y sacando cosas, todo me parecía estar fuera de su lugar cuando se orientaba a la invención en el idioma o tenía algo de humor. Y no sé muy bien porqué: yo puedo hacer chistes sobre los judíos, no tengo ninguna veneración histórica que diga que no hay que hacer ficción con eso.

Me daba cuenta de que apenas empezaba a escribir sobre lo que pasaba en Europa (tanto en Alemania como en Varsovia) no encontraba mi lugar, no sabía como hablar de eso desde la ficción, aunque, en realidad, termina siendo parte de una ficción, pero con un tono muy factual.

- T.: Tanto en "El gueto interior" como en tu novela "Aquellos días que no olvidaré" los personajes intentan suicidarse ¿Hay alguna conexión?

- S. A.: Escribí muchísimo sobre la idea de suicidarse. Hay una frase de Maurice Blanchot que dice: "La escritura autobiográfica tal vez se trate de querer sobrevivir, pero mediante un suicidio perpetuo" ("La escritura del desastre", 1980). Siempre escribí con el sentimiento de proximidad con la muerte. Lo que impide a uno suicidarse es escribir y al mismo tiempo no te deja alejar de la muerte, porque revela que la muerte está ahí, muy cerca.

- T. La frase en la carta que dice: "Saber que nos mandaste algo será casi tan bueno como recibirlo" ¿es creación tuya?

- S. A.: No, esa frase es de ella. La traducción del polaco al castellano no la hice yo. No recuerdo si era exacta, pero el sentido era ese. Todo lo que dice en esas cartas la madre de mi abuelo (aunque un poco menos cuando estalla la Guerra) es una máquina de fabricar culpas. A mí me impresionó cuando leí todas las cartas que le escribió desde 1928. No había una carta en la que no haya un reproche por no haber hecho algo por ella. Esa correspondencia es un himno a la culpabilidad.

- T.: ¿Por qué el narrador termina descartando la mayoría de los nombres que definen a lo que hicieron los nazis con los judíos?

S. A.: Sucede que "Shoah" es el nombre más común en francés, pero en español (como en inglés) es "Holocausto". No hay una razón lingüística o histórica, si no el éxito tremendo que tuvieron el documental de Claude Lanzmann, "Shoah" (1985) en Francia, y la serie de televisión de Marvin J. Chomsky "Holocaust" (1978) en el mundo anglosajón.

Holocausto me parece que es una palabra muy torpe para hablar de lo que hicieron los nazis. "Shoah" tampoco me parece la indicada, porque está del lado de no pensar o no hablar y no es para nada mi posición: hay que pensar y hay que humanizar a los nazis (está muy claro que a veces se los humaniza para provocar y eso es algo que a mí me gusta mucho), pero si humanizarlos para decir que es parte del ser humano. Pensar al ser humano con eso, no como si fuese una excepción. (Télam)