cultura

Nicolás Mavrakis: La víctima es la gran heroína democrática de nuestra época

Por Agencia Télam

28-09-2020 06:00

En los relatos que integran "En guerra con la piel", Nicolás Mavrakis explora una zona de incomodidad e incorrección sobre cuestiones ligadas al feminismo, el odio al otro o la memoria de los años de la dictadura a través de la voz de los nietos recuperados, experiencias que giran hoy sobre distintas identidades, aunque la figura central es la de la víctima, "la gran heroína democrática de nuestra época, la que habilita a todos a reclamar por igual un lugar en el podio", dice el escritor en entrevista con Télam.

Desde la potencia hiperbólica de la sátira, el autor de "No alimenten al Troll" y "La utilidad del odio", acostumbrado a esquivar la condescendencia en sus picantes posteos en redes, plantea una serie de personajes y situaciones que dialogan con tensiones actuales, se rebelan frente a la impostura de la corrección política y cuestionan los buenos propósitos cuando se presentan como una verdad irrevocable que anula las diferencias.

Como una prolongación de su ensayo "El sexo no es bueno" sobre el dislocamiento que generan los nuevos feminismos proyectados sobre tercas masculinidades, el libro recién publicado por Azul Francia ridiculiza y exagera la torpeza de algunos hombres para hacer pie en el signo de los tiempos. Así se expone el azoramiento de uno de ellos, "testigo por primera vez en que una mujer podía sacarse la ropa por voluntad propia y sin recibir ni regatear nada" o la la versión más brutal de un personaje que se remite a ellas como "vaginas".


- Télam: Si hubiera que buscar algún elemento que le otorgue cohesión a los relatos se podría decir que la mayoría explora una zona de incomodidad y tensión frente a cuestiones que van desde la memoria hasta el feminismo y los discursos del odio ¿Lo pensaste en estos términos?

- Nicolás Mavrakis: Creo que el barniz general que recubre estas historias es la sátira. Quiero decir, la idea de que no hay experiencias ni voces que, por trágicas o heroicas que se presenten, sean invulnerables a una segunda mirada crítica. En especial cuando se trata de experiencias y voces que, a veces a ciegas, caen en sus irremediables equívocos y se convierten en sus propias parodias. La sátira es una vieja forma de iluminar esos traspiés, ver de qué están hechos y entender cómo funcionan, y lo hace en una sintonía que no tiene nada que ver ni con el cinismo o el desprecio, al contrario. Al fin y al cabo, se trata de ir más allá de las separaciones demasiado claras e ingenuas entre el mal y el bien, entre el pasado y el futuro, entre lo que somos y lo que creemos ser.

Muchas de estas experiencias, voces y equívocos giran hoy sobre distintas identidades, distintas "pieles" reconocibles en distintas figuras típicas. Pero la más significativa y dominante, la figura central, la que subordina a todas las otras bajo su reino, es la figura de la víctima. La víctima es la gran heroína democrática de nuestra época, porque habilita a todos a reclamar por igual un lugar en el podio: se es víctima ante la masculinidad tóxica, ante el feminismo beligerante, ante la política populista o neoliberal, ante la manipulación algorítmica, ante la memoria y el olvido, ante el mercado, ante la contaminación, ante las vocales que marcan el género en el idioma español, ante la sobreexposición de las imágenes digitales, ante el odio, el sexo e incluso ante el amor. Ahora también se puede ser víctima de la angustia por la cuarentena, y hasta los ricos aprendieron a repetir que podrían ser víctimas de un impuesto a las grandes riquezas. Entonces, ¿por qué no iluminar desde la mirada satírica este insólito "mundo de víctimas"?

- T: ¿Qué distorsiones se producen cuando la memoria individual es acechada por una memoria colectiva que intenta torcer el curso de una identidad que ha sido moldeada por variables y circunstancias previas y acaso irreductibles?

- N.M.: Piro Calm, cuya vida se sostenía hasta ese instante sobre una espectacular estática de confusión y pereza, se hace una prueba genética y descubre que su verdadero nombre es Piro Ziz. Pero no solo eso: al ser el último nieto recuperado, su nueva identidad se transforma, además, en un símbolo universal de esperanza. El aburrimiento y la pereza lo llevan por azar a una verdad, sí, pero esa verdad le resulta demasiado demandante, implica demasiada responsabilidad, y entonces se abandona a los vaivenes de una red internacional de víctimas profesionales.

Las víctimas realmente existen y es importante identificarlas y darles voz. Pero la trampa se activa cuando lo único que resulta vital para la víctima es, precisamente, nunca escapar, ni por un instante, de la identidad absoluta de víctima. Por los motivos más torpes, Piro Ziz no es capaz de conformarse con eso, y el significado de su vida y de los que están a su alrededor se distorsiona por completo.

- T: Hay también en ese relato una mirada crítica sobre la gestión de la memoria, desde la mercantilización de sus espacios hasta los nombres pretenciosos de las agrupaciones de derechos y el adoctrinamento que recibe la comunidad de restituidos. ¿Creés que la memoria está sobrevalorada como recurso para evitar la repetición de un pasado terrible?

-N.M.: El desafío es llevar los problemas de la figura de la víctima hacia las zonas realmente crueles de nuestra experiencia reciente. Piro Ziz muestra el conflicto entre una memoria individual débil e indolente y una memoria colectiva poderosa e institucionalizada, pero en un plano más general, también se trata de imaginar hasta qué punto lo que se funda sobre un gran (y noble) acierto puede convertirse, de repente, en un gran (y vergonzoso) error. Sin duda, el suyo es uno de esos casos donde la historia oprime a la memoria.

No me gusta la categoría "generacional", pero en el caso particular del Proceso y su narrativa, el episodio ya tiene cumplidos 44 años, una madurez más que suficiente como para dejar la pregunta sobre "por qué pasó lo que ya pasó" en manos de los escritores de una generación anterior (que, de paso, en muchos casos circundan una y otra vez el tema como si se tratara de la única opción para exportar algo de exotismo latinoamericano), y, en cambio, preguntarse con más atención al presente de mi generación algo nuevo acerca de "cómo funciona hoy eso que ya pasó".

- T: En varios relatos hay como una posición "anacrónica" de los varones frente al deseo y al cuerpo de las mujeres ¿Se podría considerar como una actitud "desafiante" frente a la corrección y a la autocensura que trama hoy los discursos?

- N.M.: Sí, casi todos los personajes masculinos, en algún punto, intentan defenderse de lo que perciben como una "amenaza feminista", y lo hacen refugiándose en prejuicios, lenguajes y actitudes anacrónicas, torpes o brutalmente machistas. Y, por supuesto, al enfrentarse a una nueva realidad desde estas posiciones simplistas de hermetismo y negación, a estos hombres les va muy mal. A veces no tienen ni la menor idea de cómo acercarse a una mujer, y son ellas las que tienen que soportar sus torpezas y a veces intentar guiarlos con su inteligencia. Es un signo burlesco de la absoluta desorientación general que los hombres experimentan frente a la reconfiguración de lo que significa ser mujer.

De hecho, cualquier manifestación actual de machismo no es más que eso: una reacción desesperada, un estertor patético, la última retaguardia de algo inevitablemente extinguido. La pregunta consecuente es bajo qué nuevas formas masculinas seguirá su marcha el encuentro de los sexos, y cuánto tiempo le va a tomar formarse. Es inevitable que los nuevos modelos de identidad femenina demanden nuevos modelos de identidad masculina, y eso tampoco es fácil para unos ni otros.

(Télam)