cultura

Jones: La mayor parte de lo que sé sobre los seres humanos me fue transmitido por la naturaleza

Por Agencia Télam

19-09-2020 05:00

"Tiempo sin lluvia", la novela del galés Cynan Jones, está escrita con una prosa lírica y seca que encierra múltiples alegorías sobre el comportamiento humano y presenta una estructura novedosa que prescinde del orden cronológico para hacer coincidir sobre un mismo plano distintas voces narrativas -incluido la de la vaca- que dan cuenta de lo que pasa a lo largo de un día en la granja y hasta anticipan un futuro sombrío, acaso encerrado en la premonición del protagonista cuando sugiere: "A alguno podría pasarle algo que los mantuviera unidos, algo que pudieran sobrevivir".

"Cuando me senté en el viejo cobertizo de mi madre para escribir 'Tiempo sin lluvia' la terminé en sólo diez días. Por supuesto, la novela ya había crecido en mi mente durante meses, tal vez años, sin que yo realmente pusiera la lapicera en el papel", explica Jones a Télam en una formulación que revela su rutina de escritura. El autor galés, que vive en una cabaña de madera construida por él mismo, escribe a mano en un cuaderno A4, la mayoría de las veces encerrado en la casa materna.

La novela se interna en las cavilaciones del granjero Gareth, preocupado por la ausencia de una vaca extraviada pero también por la incomunicación que se instaló en la relación con su esposa Kate, que a su vez canaliza a través de una intolerable migraña el duelo por ese cuerpo que el paso del tiempo ensancha y deforma -y al que ella atribuye la falta de deseo de su marido-, la angustia no resuelta por una serie de embarazos perdidos y una efímera relación con un peón que la llena de culpa.

-Télam: La descripción en la que el topo muerto es desintegrado por la acción coordinada de moscas, escarabajos y hormigas es escalofriante pero tiene a su vez un nivel de detalle y de realismo sorprendente ¿Por qué le interesan tanto los procedimientos de la naturaleza?

-Cynan Jones: Desde que tengo memoria, he estado absolutamente fascinado por el mundo que me rodea, incluso por las cosas más pequeñas. Cuando era más joven, mi principal interés era la vida silvestre, y coleccionaba cráneos, plumas, insectos muertos, hojas, ¡cualquier cosa, con entusiasmo! De hecho, estuve a punto de estudiar zoología en la universidad. Básicamente, la mayor parte de lo que sé sobre los seres humanos me fue transmitido por la naturaleza. Siempre me ha proporcionado una forma de ver la condición humana y, a menudo, mi propia situación. Cuando escribo, alcanzo esas metáforas. Esto significa que no tengo que escribir explícitamente sobre las personas. Puedo dejar que la metáfora explique al lector.

-T: Hay una escena en la que dos niños encuentran un conejo moribundo y comprenden que deben apurar su muerte para atenuar su sufrimiento. ¿Esta situación donde deben lastimar al conejo para ayudarlo a morir se puede leer como una reflexión sobre la complejidad de las acciones, como una especie de dilema moral que lleva a cometer un daño que parece justificado por el objetivo final?

-C.J.: En realidad, esa parte fue escrita originalmente como un cuento. Trabajé como tutor de un niño violento y, en lugar de "educarlo" convencionalmente, mi enfoque fue llevarlo a caminar, a hablar, etc. En uno de estos paseos encontramos un conejo que pensé que estaba muerto. No lo estaba. Yo era como el "chico mayor" de la novela, él el menor. A veces tenemos que hacer cosas difíciles. La enseñanza sería que cuando eliges hacer algo complicado, tienes la responsabilidad de seguirlo hasta el final.

-T: Alguna vez contó que se fue a vivir a Glasgow para trabajar en una agencia de publicidad porque quería "aprender la carpintería de la escritura". Sus historias son concisas y carecen de adjetivación ¿Era eso lo que buscaba cuando pensó en aprender el lenguaje de la publicidad, que se caracteriza justamente por su poder de síntesis para comunicar una idea?

- C.J.: En realidad, me establecí como redactor publicitario independiente. La variedad de clientes era muy amplia. Desde agencias gubernamentales locales hasta bancos internacionales, compañías de whisky, fabricantes de jabón, museos y más. Fue una decisión muy deliberada de mi parte asumir este papel para aprender a escribir. Tenía 22 años, era profesor, pero sabía que quería dedicar tiempo a escribir ficción. No quería tener 42 años y culpar a la familia y al trabajo por impedirme escribir la gran novela que de otro modo habría escrito (he conocido demasiados hombres de mediana edad decepcionados y enojados). Entonces, decidí darme dos años para escribir un libro, de los 28 a los 30 años. Mientras tanto, la tarea era aprender a escribir. Más que nada, trabajar como redactor me dejó claro que escribir no es un arte. Es un oficio. Es una habilidad técnica. Tiene que ser capaz de dominar eso antes de poder hacer arte. Cuando comprendes eso, no pierdes tiempo revolcándote en el lenguaje. La historia se convierte en lo más importante y tu deber es contarla con tanta ímpetu como puedas. (Télam)