cultura

Amigorena: Francia no fue la patria que encontré en el exilio, mi patria fue el idioma francés

Por Agencia Télam

31-10-2020 02:00

Vicente Rosenberg, el protagonista de "El Gueto interior" y abuelo del autor Santiago Amigorena, a pesar de regresar victorioso a Polonia de la guerra contra los soviéticos, fue maltratado por su condición de judío y resuelve viajar e instalarse en Buenos Aires buscando un mejor futuro, abandonando a su madre y a su hermano mayor.

En Buenos Aires forma una familia con Rosita y empieza a recibir cartas de su madre que había quedado dentro del Gueto de Varsovia, líneas llenas de reproche y descripciones aterradoras sobre la acción de los nazis con los judíos. Amigorena reconstruye, a partir de libros familiares, ese exilio de su abuelo materno y cuenta de alguna forma el suyo con sus padres en los 70.

-T: ¿Cuáles fueron las principales fuentes para documentarte sobre tu familia, su historia y la Historia?

-S. A.: Las principales son los libros de mi primo Martín Caparrós "Los abuelos" y las cartas desde Varsovia de mi bisabuela Gustawa. También el libro de mi tía Viqui Rosenberg "Times secret". Cuando leí el libro de mi primo que escribe solo para la familia (cada diez años cuando cumple un número redondo) encontré veinte páginas sobre nuestro abuelo Vicente y le dije: "Algún día voy a escribir un libro que va a ser solamente sobre ese período y voy a usar todas las cosas que decís como todas las cosas que ya sé o he vivido". Luego me di cuenta de que no conocía mucho sobre la Shoah. Nunca me había interesado tanto: la identidad judía para mí no tenía mucha importancia. Empecé a leer sobre el Holocausto. Me fascinó empezar a leer la historia factual. Una especie de biblia fue "La destrucción de los judíos europeos" de Raul Hilberg. Lo más terrible que narra lo puse en algún momento en el libro y después lo saqué. Lo terrible no es solo la madre que se come a su hijo en el Gueto de Varsovia, es también que los horarios de los trenes que deportaban a los judíos estaban en los horarios que se encontraban en la estación. El alemán que volvía a su casa veía que justo después había un tren que deportaba judíos. Ese tipo de atrocidad tan cercano a lo que piensa Hannah Arendt del mal. Después están los artículos de los diarios, el misterio que hace que no tuvieran repercusión. Y pasa ahora también. Seguimos viviendo con las atrocidades alrededor. Las percibimos un poco, pero nunca nos impiden seguir con una vida a la que obligatoriamente sentimos un poco culpable.

-T: ¿Cuáles son las similitudes y las diferencias de tu exilio y el de tu abuelo Vicente?

-S.A.: El exilio de Europa era una vuelta atrás, no era simplemente un exilio. Pero la generación de mis viejos que se exiliaron en los 70 no lo sentían como una vuelta atrás. Tuve dos exilios. El primero fue de Buenos Aires a Montevideo, en 1969, fue porque había una ley que obligaba a los psicoanalistas ser médicos para trabajar y mis padres eran psicoanalistas. No fue un exilio totalmente político como si fue el de los setenta. De Uruguay nos fuimos en 1973.

Proust decía que un escritor tiene que encontrar un idioma para vivir dentro del idioma, y ese idioma nuevo va a ser extranjero para todo el resto de la gente. Hay que crear un idioma adentro de un idioma. El exilio tiene para esa tarea una dificultad y una facilidad. Cuando cambias de idioma (yo escribo en francés que no es mi lengua materna) también ves al idioma un poco más lejos. Necesitás apropiártelo de una manera más fuerte. Es como buscar una tierra después del exilio, para mí la tierra fue el idioma, no fue la tierra francesa como patria. La historia de mi abuelo es diferente, al igual que su silencio. Se fue en 1928 de Polonia por razones múltiples: por el antisemitismo, pero también por el sueño de ir a las Américas y volverse rico. En todo caso fue por voluntad. En mis padres hubo una mezcla de obligación y voluntad porque mi padre, además, quería vivir en Europa y yo era chico y me llevaron con ellos. (Télam)