cultura

Alexandra Kohan: Es un problema suponer que los feminismos están pensando de mejor manera el amor

Por Agencia Télam

18-10-2020 02:30

En una época donde se precipitan las definiciones que pretenden delimitar las identidades y patologizar las emociones, la psicoanalista Alexandra Kohan reivindica el componente inasible del deseo, una condición que en su libro "Y sin embargo, el amor" impregna el mapa de lecturas y canciones con los que dialoga para cuestionar el paradigma normalizador de la felicidad y la ilusión de que el malestar en la cultura puede ser erradicado: "habitar la fragilidad es más emancipatorio que pretenderse empoderado", sostiene.

La disrupción aparece como el gran territorio de operaciones de la autora de "Psicoanálisis: por una erótica contra natura", una lectora sagaz que analiza siempre a contrapelo de lo evidente y plantea objeciones que a veces la empujan involuntariamente a polemizar con los feminismos, no porque esté en desacuerdo con la mayoría de sus formulaciones sino porque toma distancia de la radicalidad de algunas consignas o cuestiona categorías como las de responsabilidad afectiva o empatía, desde las que estos colectivos proponen una relectura de los vínculos.

Con ese mismo fervor antojadizo que desatiende modas o imperativos, Kohan acaba de publicar ahora un nuevo libro que discute sobre una escena que propone una redefinición del amor bajo la sospecha de que hasta ahora fue encerrado en paradigmas que tiranizan el deseo y producen insatisfacción. Precisamente todo lo contrario de lo que intenta exponer la psicoanalista: "Que el deseo no pueda ser satisfecho no significa que se viva una vida de insatisfacción", replica en una entrevista con Télam.

"Y sin embargo, el amor" (Paidós) puede leerse como una reivindicación de la incerteza de ese sentimiento, como un elogio de su condición insondable - "no escribí desde lo que yo sé del amor, escribí desde lo que no sé", dice la autora- pero también como un instrumento para pensar una escena social que rechaza "cualquier manifestación de afectación de los cuerpos", y donde el sufrimiento y la angustia son vistos como una patología abominable.

- Télam: A la luz de una mirada de época empujada en parte por los feminismos hoy se insta a reformular el amor para despojarlo de todo aquello que hipotéticamente lo convierte en instrumento de alineación o sometimiento ¿Es posible alterar algo de la dinámica cifrada del deseo o solo podemos aspirar a cambiar en todo caso la perspectiva de los discursos en torno al amor?

-Alexandra Kohan: El problema en todo caso son los discursos. Cada época tiene su narrativa acerca del amor. Cuando se habla de reconfigurar el amor no se trata de hacer caer un paradigma y poner otro en su lugar. El asunto será tratar de soportar la inasibilidad de eso que ocurre más allá de las cuestiones voluntarias. Me parece que es un problema suponer que los feminismos están pensando de una mejor manera el amor. El asunto es tratar de no agobiar al amor con definiciones, prescripciones o narraciones. La pregunta que me hago es por qué hace falta narrar tanto al amor, por qué necesitamos todo el tiempo saber lo que es el amor.

-T: En el libro caracterizás la escena de un sujeto descolocado y a su vez tensionado por el imperativo de la productividad ¿En qué medida la invitación a "emanciparnos del amor" no es una trampa para redoblar nuestro aporte a los modos de producción?

-AK: Estamos intentando producir ciertas emancipaciones pero hay una trampa que nos deja más alienados en ciertos discursos productivistas, individualistas o mercantilistas. Hay que subrayar la cuestión de la trampa porque ya no estamos solamente ante una cuestión engañosa sino tramposa. Nos hacen creer que estamos yendo para el lado de un bienestar y en realidad son cuestiones que terminan produciendo en algún sentido cierto daño. No es inocuo. No sólo no produce bienestar sino que además produce efectos más alienantes en ese intento de hacer encajar todo el tiempo. Eso no quiere decir que haya que resignarse al sufrimiento o al malestar, sino que hay que dejar de pretender extirparlo.

- T: Retomás a Barthes cuando plantea que el tabú no es la sexualidad sino la sentimentalidad, una idea que mantiene una vigencia incuestionable. ¿Se nos empuja a hacernos sentirnos culpables por alojar el amor en toda su dimensión dramática?

- A.K. Otra vez la trampa es suponer que el problema es el amor. El amor es un problema pero no lo es en esos términos. Lacan dice que el capitalismo -habría que ver qué es el capitalismo- rechaza las cosas del amor. Hay una incompatibilidad entre el amor y el sujeto de la acción. Y cierto discurso que dice que el amor te impide, como si se contrapusiera el amor y la realización personal. Es interesante pensar lo que el amor produce, esa idea de el otro más que descompletarte te completa, o que te suma... "No salgo más con tal porque no me sumaba". Como si toda pareja fuese una sociedad productiva que tiene que aunar esfuerzos. El amor o el deseo más bien nos agujerean, nos dejan en falta, zozobrando, vacilando, trastabillando. El amor no te asegura nada.

A pesar de que el amor fue muy asediado en los últimos años, cobra valor eso que dice Barthes de que la sentimentalidad está reprimida porque efectivamente en nombre de hacer caer el paradigma del amor romántico se metió ahí todo, entonces hay un empuje a coger. Como que se trata solo de eso: de que el amor es una alienación y se da entonces el empuje a la sexualidad, casi en términos de obligatoriedad. Una suerte de liberación que se inscribe en las antípodas del amor. "Hay que gozar de cualquier manera". Eso es algo que viene pasando de hace muchísimos años y que tiene que ver con el capitalismo, no con la emancipación.

-T: Vivimos tiempos en los que se habla de deconstruirlo todo: la maternidad, el amor, el rol del varón, la monogamia, etc... ¿Este afán de deconstrucción no entraña el riesgo de sustituir estos paradigmas que intentamos dejar atrás por otros modelos de opresión?

-AK: Habría que ver a qué se refieren cuando hablan de deconstrucción. Es una palabra que se banalizó, se vació, y ahora cualquier cosa es "te tenés que deconstruir". Esa palabra fue a parar al dominio de lo voluntario, al esencialismo... Y creo que si tiene algo la deconstrucción es que no va a parar a ningún lado: no es "cambiemos una cosa por otra, saquémonos este ropaje antiguo y pongámonos otro en relación al amor y al deseo". Deconstruir el paradigma del amor romántico no tiene nada que ver con pretender que el amor no dañe.

La deconstrucción apunta a disolver identidades y no a conformar nuevas. Apunta a disolver la trampa de la identidad -porque la identidad es una trampa- pero también es un procedimiento imposible, dice Derrida. Hay algo de imposible en esa deconstrucción porque desborda cualquier pretensión de ser mejor. Es un poco pueril la manera en que se trata la idea de la deconstrucción, esa cuestión de "ahora vamos a ser mejores". Hay una serie de protocolos y procedimientos a seguir -como la responsabilidad afectiva, la empatía, el amor propio- todas esas nuevas reglas que hay que cumplir para no dañar al otro y para que el otro no te dañe a vos. Todo eso no está funcionando, por otra parte. Además no solo no funciona en su formulación sino que no se evita nada de eso.

Es también un estado de situación de la época. Hay todo el tiempo, cada vez más, una protocolización de las relaciones y eso va generando más distancia. Esas cosas me llaman la atención y no tienen nada que ver con el amor, el feminismo, la emancipación o la libertad. Tiene que ver con por qué es tan temible relacionarse con otros.


(Télam)